viernes, 28 de julio de 2017

56. Historia de Yumbo.

"Instantáneas". 130x89
La Historia de Yumbo.


Aunque tengo ya demasiados años, y esta pudiera ser mi excusa, recuerdo pocas tormentas veraniegas tan breves e intensamente lluviosas como la de aquel miércoles 28 de junio de 2017, sufrida junto a mi vecino, amigo y compañero esporádico de bicicleta, Manolo. Él y yo nos bajamos de su coche al pie de la Basílica inconclusa de Santa Teresa en Alba de Tormes, puede que fueran las doce, y aunque pocos metros nos separaban ya entramos en ella remojados, porque no tuvimos la suficiente paciencia para esperar en el automóvil a que amainara el temporal. El objeto de la arriesgada expedición era ver una exposición de pinturas y esculturas de diversos autores de la provincia. Tras poco más de media hora de contemplación de las obras decidimos volver a salir a la calle tras la visita, ya había dejado de llover pero permanecían los charcos lógicamente, las escorrentías y el olor a humedad. Bajamos la escalera, giramos a ala izquierda, anduvimos unos diez pasos en dirección al aparcamiento, cuando Manolo bajó la cabeza y se percató de que en el suelo había lo que parecía el cadáver de un polluelo, de color negro y obispillo blanco, seguramente no pesaría más de seis u ocho gramos. Pensando que el alma del animalito ya había abandonado este húmedo y ruidoso mundo, le dio un pequeño puntapié como para apartarlo de la acera hacia el jardincillo que linda con la misma, murmurando unas palabras que ahora no recuerdo pero que a mí  me sonaron a lastimosas, palabras con las que llamó mi atención para que me percatara del trágico final de una vida. Me di la vuelta, ya que yo iba delante, y al bajar la vista lo primero que sentí fue pena por él y fugazmente me culpé, probablemente sin tenerlo que hacer, por no haberlo podido ayudar a tiempo, pero inmediatamente me dio la impresión de que había movido ligeramente un ala. Me faltó tiempo para recogerlo, su diagnóstico no parecía esperanzador; no le sentía respirar ni palpitar su diminuto corazón, estaba tan mojado y tan frío que me llamó la atención al contacto con mi piel por tan baja temperatura, aun así decidí estrecharlo en mi mano derecha para darle calor que era lo único que por el momento podía hacer, sin saber con certeza si ya se había rendido. Lo mantuve abrazado en mi mano durante el corto viaje, poniéndole su espalda hacia el sol que radiaba ya fuerte sobre el salpicadero y con la calefacción del coche a veinticinco grados que Manolo ajustó, y no es que fuera de agradecer precisamente en pleno verano.

"Henar y Raúl". 81x65
Llegando ya a Salamanca percibí las primeras tenues palpitaciones y cabeceos junto con los primeros intentos de respirar. Me alegré infiniamente y creo que ahí fue cuando empecé a darme cuenta de que estaba ante un pequeño luchador y que yo tenía la obligación y la responsabilidad de sacarlo adelante porque para eso estuve en el sitio y en el momento oportuno. Mi instinto conservacionista brotó con emoción cual amor materno.

Siempre fui amigo de los animales y en especial de las aves, de las cuáles puedo vanagloriarme de haber tenido, salvado, cuidado y criado unas cuantas de diversas especies.

Con un ligero estudio ocular del polluelo me di cuenta que el era insectívoro por la forma del pico. Por la estrechez y longitud de sus incipientes alas y su cola horquillada deduje que pertenecía a la familia de las golondrinas, pero no era una de ellas por que no tenía la mancha púrpura en la parte inferior de su cuello, ni tampoco era un vencejo porque éstos son totalmente negros; un poco de curioseo por la red me hizo convencerme de que estaba ante un elegante avión común.

Cuando llegué a casa mi mujer enseguida adoptó el papel de madre y le encontró una pequeña jaula donde colocó un calcetín de algodón blanco, lo enrolló y ahuecó de modo que pudiera adaptarse a un tapón rojo de unos seis centímetros de diámetro. Antes de colocar al pequeño huésped en su nuevo nido se lo calentó ligeramente en el microondas para que lo encontrara confortable. Aquí comenzaba la pequeña pero gran historia de Yumbo, nombre que decidimos ponerle por estar relacionado con el nombre de su familia... los aviones.

"John Doe". 65x54
Enseguida conseguimos las primeras moscas, pocas, porque este año parece que escasean, buscándolas en el jardín, la terraza, la cocina o donde cuadrara, para darle proteínas que le animaran lo antes posible. También, previa consulta virtual, disponíamos de un alimento que posteriormente sería crucial en su crecimiento... comida de gato, de la cual teníamos en abundancia porque somos dueños de una gata blanca que se llama Sara. Remojábamos bien el pienso para ablandarlo en un vaso con agua y lo partíamos en trocitos pequeños que le suministrábamos junto a los insectos que cazábamos con unas pinzas de las que se utilizan para las cejas. Como voluntariamente no abría el pico, nos veíamos obligados a forzar su apertura y a introducirle el alimento al fondo, detrás de la lengua, alimento que por suerte sí fue tragando bien desde el primer momento. 

Pero se nos avecinaba un gran reto, por lógica no puede alimentarse básicamente de pienso de gato, y la cantidad de insectos que al alcance teníamos era insuficiente, así que pertrechados con bolsas de congelar alimentos nos íbamos cada dos días a la caza del insecto por las cercanías de nuestro pueblo. Al principio la caza era diversa, algún saltamontes, alguna avispa, mariposas pocas, gorgojos... pero tras investigar nuevos territorios de caza dimos con una zona próxima al río donde había saltamontes como para parar un tren, que se dice, y sobre todo pequeños, los más jugosos y fáciles de digerir ya que su exoesqueleto es más blando. El éxito de estas jornadas cinegéticas fue mayúsculo, y vimos en cierto modo el cielo abierto; cada día que íbamos mejorábamos nuestras técnicas de caza y capturábamos con destreza varias decenas de esos crujientes saltarines. 

Al segundo día de estancia en nuestra casa Yumbo comenzó a abrir los ojos y a darse cuenta que unas pinzas metálicas deberían de ser el pico de su madre que le traía ricas viandas a menudo, tan a menudo que todos los días engullía no menos de doce bolas de comida de gato y no menos de treinta saltamontes. También aprendió a que cualquier cosa que se moviera a su alrededor podría llevar alimento consigo y por eso piaba insistentemente para llamar la atención. Siempre tenía hambre.

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Yumbo creció y creció, comió y comió, aprendió a cantar y comenzaron sus primeras clases de vuelo por la cocina y el salón de casa. Pronto empezó a esquivar los objetos, los muebles y las lámparas. Aprendió a posarse en la mano para comer y a volver a la pequeña atalaya que le pusimos (un listón estrecho de poco más de un metro que iba desde la lámpara de la cocina a la ventana), donde se pasaba muchas horas afinando su vista y haciendo sus necesidades, cumpliendo con lo que el dicho o refrán postula... "como come el mulo así caga el culo"

Continuará...


sábado, 24 de junio de 2017

55. Primavera del 17.

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"Camino hacia Las Dunas". 100x81

"Palomo Linares". 100x81

"Temprano en la Falla". 100x65
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jueves, 16 de febrero de 2017

54. 10 Retratos


Exposición de 10 retratos en el Café La Platea, Plaza del Corrillo de Salamanca. Febrero y Marzo.