viernes, 28 de julio de 2017

56. Historia de Jumbo.

"Instantáneas". 130x89
La vida que se salvó gracias al arte.

Aunque tengo ya demasiados años, y esta pudiera ser mi excusa, recuerdo pocas tormentas veraniegas tan breves e intensamente lluviosas como la de aquel miércoles 28 de junio de 2017, sufrida junto a mi vecino y amigo Manolo. Él y yo nos bajamos de su coche al pie de la Basílica inconclusa de Santa Teresa en Alba de Tormes, puede que fueran las doce, y aunque pocos metros nos separaban ya entramos en ella empapados como pasteles borrachos porque no tuvimos la suficiente paciencia para esperar en el automóvil a que amainara el temporal. El objeto de la arriesgada expedición era ver una exposición de pinturas y esculturas de diversos autores de la provincia. Tras poco más de media hora de contemplación de las obras decidimos volver a salir a la calle tras la visita, ya había dejado de llover pero permanecían los charcos lógicamente, las escorrentías y el olor a humedad. Bajamos la escalera, giramos a la izquierda, anduvimos unos diez pasos en dirección al aparcamiento, cuando Manolo bajó la cabeza y se percató de que en el suelo había lo que parecía el cadáver de un polluelo de color negro y obispillo blanco que seguramente no pesaría más de seis u ocho gramos. Pensando que el alma del animalito ya había abandonado este húmedo y ruidoso mundo, le dio un pequeño puntapié como para apartarlo de la acera hacia el jardincillo que linda con la misma, murmurando unas palabras que ahora no recuerdo pero que a mí  me sonaron a lastimosas, palabras con las que aun así llamó mi atención para que me percatara del trágico final de una vida que acababa de empezar. Me di la vuelta, ya que yo iba dos pasos por delante, y al bajar la vista lo primero que sentí fue pena por él, y también, fugazmente me culpé, probablemente sin tenerlo que hacer, por no haberle podido ayudarle a tiempo, pero inmediatamente me dio la impresión de que había movido ligeramente un ala. Me faltó tiempo para recogerlo. Su diagnóstico no parecía esperanzador, desde luego, como mínimo hipotermia severa. No sentía que respirara ni que palpitara su diminuto corazón; estaba tan mojado y tan frío que me llamó la atención al contacto con mi piel, aun así decidí estrecharlo en mi mano derecha, apenas sobresalía de ella el pico y la punta de la cola, con la intención de darle calor,  que era lo único que por el momento podía hacer, sin saber con certeza si ya se había rendido, no era para menos. Lo mantuve abrazado con mi mano durante el corto viaje como si llevara en ella un puñado de algodón, poniéndole su espalda hacia el sol que radiaba ya fuerte sobre el salpicadero y con la calefacción del coche a veinticinco grados que Manolo ajustó, y no es que fuera de agradecer precisamente esa temperatura en pleno verano.

"Henar y Raúl". 81x65
Llegando ya a Salamanca percibí las primeras tenues palpitaciones y cabeceos junto con los primeros intentos de respirar. Me alegré infiniamente y creo que ahí fue cuando empecé a darme cuenta de que estaba ante un pequeño luchador y que yo tenía la obligación y la responsabilidad de sacarlo adelante porque para eso debí estar en el sitio y en el momento oportuno. Mi instinto conservacionista brotó con emoción cual amor materno.

Siempre fui amigo de los animales y en especial de las aves, de las cuáles puedo vanagloriarme de haber tenido, salvado, cuidado y criado unas cuantas de diversas especies.

Con un ligero estudio ocular del polluelo me di cuenta que el era insectívoro por la forma del pico. Por la estrechez y longitud de sus incipientes alas y su cola horquillada deduje que pertenecía a la familia de las golondrinas, pero no era una de ellas por que no tenía la mancha púrpura en la parte inferior de su cuello, ni tampoco era un vencejo porque éstos son totalmente negros; un poco de curioseo por la red me hizo convencerme de que estaba ante un elegante avión común.

Cuando llegué a casa mi mujer enseguida adoptó el papel de madre y le encontró una pequeña jaula donde colocó un calcetín de algodón blanco, lo enrolló y ahuecó de modo que pudiera adaptarse a un tapón rojo de unos seis centímetros de diámetro para que no se deformara. Antes de colocar al pequeño huésped en su nuevo nido se lo calentó ligeramente en el microondas para que lo encontrara confortable. Aquí comenzaba la segunda parte de la pequeña pero gran historia de Jumbo, nombre que decidimos ponerle por estar relacionado con el nombre de su familia... los aviones.

Enseguida conseguimos las primeras moscas, pocas, porque este año parece que escasean, buscándolas en el jardín, la terraza, la cocina o donde cuadrara, para darle proteínas que le animaran lo antes posible. También, previa consulta virtual, disponíamos de un alimento que posteriormente sería crucial en su crecimiento... comida de gato, de la cual teníamos en abundancia porque somos dueños de una gata blanca que se llama Sara. Remojábamos bien el pienso para ablandarlo en un vaso con agua y lo partíamos en trocitos pequeños que le suministrábamos junto a los insectos que cazábamos con unas pinzas de las que se utilizan para depilarse las cejas. Como voluntariamente no abría el pico, nos veíamos obligados a forzarlo y a introducirle el alimento al fondo, detrás de la lengua, para que no lo expulsara, alimento que por suerte sí fue tragando bien desde el primer momento. 

"John Doe". 65x54
Pero se nos avecinaba un gran reto, por lógica no puede alimentarse básicamente de pienso de gato, y la cantidad de insectos que al alcance teníamos era insuficiente, así que pertrechados con bolsas de congelar alimentos nos íbamos cada dos días a la caza del insecto por las cercanías de nuestro pueblo. Al principio la caza era diversa, algún saltamontes, alguna avispa, mariposas pocas, gorgojos... pero tras investigar nuevos territorios de caza dimos con una zona próxima al río donde había saltamontes como para parar un tren, y sobre todo pequeños, los más jugosos y fáciles de digerir ya que su exoesqueleto es más blando. El éxito de estas jornadas cinegéticas fue mayúsculo, y vimos en cierto modo el cielo abierto; cada día que íbamos mejorábamos nuestras técnicas de caza y capturábamos con destreza varias decenas de esos crujientes saltarines. 

Al segundo día de estancia en nuestra casa Jumbo comenzó a abrir los ojos y a darse cuenta que unas pinzas metálicas deberían de ser el pico de su madre que le traía ricas viandas a menudo, tan a menudo que todos los días engullía no menos de doce bolas de comida de gato y no menos de treinta saltamontes. También aprendió a que cualquier cosa que se moviera a su alrededor podría llevar alimento consigo y por eso piaba insistentemente para llamar la atención del bulto móvil. Siempre tenía hambre.

Jumbo creció y creció, comió y comió, aprendió a cantar y parlotear instintivamente; a aletear y a volar gracias a las primeras clases de vuelo que por la cocina y el salón de casa le animábamos y permitíamos hacer. Pronto empezó a esquivar los objetos, los muebles y las lámparas. Aprendió a a agarrarse de las cortinas y a posarse en la mano para comer, volviéndose después, una vez que consideraba él que estaba saciado, a la pequeña atalaya que le instalamos (un listón estrecho de poco más de un metro sujeto de la lámpara de la cocina a la ventana), donde se pasaba muchas horas afinando su vista, familiarizándose con los espacios y las distancias y haciendo sus copiosas necesidades, quizás para no contradecir el refrán postula... "como come el mulo, así caga el culo". 

Y así pasaron los días y las semanas, tan rápido, si no más, que cualquier otro periodo similar de cualquier verano. Mientras, comentábamos con pesar las posibilidades de supervivencia que tendría cuando lo liberáramos, los avatares que le depararía la auto supervivencia, la adaptación al medio que desconocía y el posterior viaje a África cuando los fríos del otoño se aproximaran. No niego que no pensáramos en quedarnos con él en vez de soltarlo, pero independientemente de que no parecía lo más apropiado, las dificultades para su crianza iban a ser mayores, sobre todo cuando el suministro de insectos, y más el de saltamontes, cayera en picado por su escasez. Al final la cordura se impuso y la decisión que teníamos que tomar se tomó... la liberación se haría efectiva. Vacilamos, en función de los progresos y de la preparación que veíamos en Jumbo. Dudamos si tal o cual fecha sería mejor o peor que otra, pero pronto acordamos que el día "D" sería cuando se cumpliera un mes exacto desde que lo rescaté, y el lugar apropiado, donde lo encontré. Lugar donde nació una vez y donde volverá a nacer otra vez. Donde se encontrará con sus hermanos, familiares, futuros amigos donde quizás un día pueda encontrar novia y donde el ciclo de la vida vulva a empezar. El lugar donde el instinto le traerá de vuelta cuando tenga que regresar de sus migraciones: la Basílica de Santa Teresa de Alba de Tormes. Junto al río del mismo nombre, al lado del puente medieval construido sobre los restos del antiguo puente romano, justo por donde pasa la Vía de la Plata, a la sombra de la silueta de los restos del Torreón solitario del castillo que fue de los Duques de Alba. ¡Vaya sitio!

En fin, el día"D" llegó, 28 de julio y viernes; temprano empezamos a acicalar los enseres y la jaula de Jumbo, como si fuera otro día cualquiera que pasara con nosotros, como si el echo de hacerlo no fuera a suponer que se acercaba la despedida, como si el pequeño hijo que se fuera un rato para luego volver. Pocas palabras cruzábamos mi mujer y yo, no sé si era por la emoción del pensamiento que se centraba en el momento inmediato de la separación o porque parecía que eran ratos de un duelo que no lo era. Le dimos de comer todo lo que se le antojó, dentro su dieta estricta de bolas de pienso de gato remojadas y saltamontes, como preparándolo para que durante sus próximas horas o jornadas no tuviera que preocuparse mucho por si no se le daba bien la caza del insecto. 

"Aitor II". 46x38
Cogimos la jaula, montamos en el coche y salimos hacia Alba de Tormes; serían las diez y media o las once cuando llegamos, aparcamos frente a la Basílica y sin prisas hicimos tiempo mirando aquí y allá, como esperando a que se hiciera más largo. Bonito día soleado, típico del mes en que estábamos, todavía no hacía mucho calor. Al final volvimos a mover el coche y nos colocamos en el aparcamiento de tierra que hay junto al monumento que le vio nacer. Seguimos dentro del coche, lo sacamos de la jaula y decidimos darle de comer por última vez, por supuesto su glotonería habitual hizo que no rechazó nada, dando la impresión de que no había comido en horas... lo de costumbre. Pero algo era distinto en su comportamiento, no reaccionó con nerviosismo al ver la comida como había hecho siempre, no abrió el pico compulsivamente tampoco, no aleteó nerviosamente como era habitual, y permaneció inmóvil mirando hacia el exterior como con nostalgia, como adivinando que se futuro estaba ahí fuera y no estaba seguro de poderlo disfrutar. 

Salimos del coche, mi mujer llevaba a nuestro pájaro adoptivo, preso entre sus manos para que no se fuera sin darle permiso previo, como si estuviera entre algodones pero dejándolo que viera a su alrededor el mundo que le esperaba que hasta ahora no conocía. Al poco rato, cuando nos dimos consentimiento mutuo solo mirándonos, porque las palabras con la emoción no parecía que se pudieran pronunciar con facilidad, abrió las manos...

Continuará...


sábado, 24 de junio de 2017

55. Primavera del 17.

"Chus". 72x50

"Camino hacia Las Dunas". 100x81

"Palomo Linares". 100x81

"Temprano en la Falla". 100x65
"Aitor". 65x54

jueves, 16 de febrero de 2017

54. 10 Retratos


Exposición de 10 retratos en el Café La Platea, Plaza del Corrillo de Salamanca. Febrero y Marzo.

viernes, 23 de septiembre de 2016

52. "Arte y entendidos".

"Clara". 116x89
El "saco del arte" es acogedor cuando se tiene la suerte de caer dentro, mullidito, de boca ancha, de fondo estrecho y tan profundo que puede tragarse cualquier cosa que esté en su radio de acción, incluso la perseguida luz, como si de un agujero negro se tratara. Es capaz de engullir todo tipo de entendidos en arte, tanto a los que se califican así ellos mismos como a los que son tildados de esa forma en cualquier medio de propagación, por otras personas, por la fortuna -en todas sus formas- o por cualquier otra circunstancia. Posiblemente dentro de ese recipiente pueden acomodarse muchos licenciados y críticos en arte, abundantes galeristas y jueces de certámenes de pintura y artistas o no; personas, no todas, que se permiten adjudicar aquel calificativo, no por su culpa seguramente. Éstos son capaces de divulgar y hacer valer sus verdades y sentencias absolutistas sobre las tendencias de la pintura en cuanto a calidad o creatividad, sobre la que debe transmitir emociones sinceras o no, sobre la que debe provocar rechazo o no, sobre la que extraña o la que debería hace sentir vergüenza ajena incluso. Evidentemente fuera de la atracción del saco que todo lo traga hay entendidos en arte que son capaces de evitar el susodicho radio de influencia, y deambulan por sus inmediaciones con el orgullo de ser capaces de resistirse a sus fuerzas, a mi entender claro, sin dejarse atraer hacia sus profundas simas en cuyo fondo se encuentra el terrible dragón del negocio.

Un profesor de arte al que sigo fielmente dijo: “la obra de arte que necesita una explicación, probablemente no es una obra de arte”. Efectivamente una obra de arte sola es capaz de hablar y de decir lo necesario -bien dice el refrán: "una imagen vale más que mil palabras"-, y ya transmite de primera mano lo que el artista quiso que transmitiera o lo que cada uno quiera entender que transmite, independientemente de que a cada observador le llegue de una forma u otra al intelecto, a su lado sensible, al alma o a donde sea. Por eso no es raro que nos den la matraca explicativa y farragosa  sobre una obra de arte que no lo es y nos dejen boquiabiertos y con tres palmos de narices... como para rebatir argumentos tan dispares, detallados, ilustrados y científicos. Y a ver quién es el guapo que se atreve a decir que no ha entendido "ni papa", corriendo el riesgo por ello de quedar como un inculto del arte. Aquel mismo profesor  también creía que una obra de arte no es capaz de realizarla cualquiera, cosa que si ocurre con el mal llamado arte moderno o contemporáneo; ya que como dice Avelina Lésper, se debe, si acaso, tildar como "estilo contemporáneo", y sigue diciendo que una obra artística debe y tiene que estar pensada y muy trabajada, y que no sirve una supuesta obra que no ha buscado la excelencia y la diferencia o creatividad real, no imaginada, y que en función de eso mismo se diferencia el artista de el pintor.

"Esther". 65x54
Si yo expusiera mis pinturas extravagantes en una sala de exposiciones y todo el mundo o la gran mayoría de la gente que entrara a verla no dedicara a contemplar cada obra un pequeño tiempo prudencial para disfrutarla o para admirarla, y contrariamente lo que hicieran es pasarse por delante sin prestarle atención, dedicando a ver toda la exposición menos tiempo que lo que tardaría en mirar asqueado el chicle que se te ha quedado pegado en un zapato, o viendo la exposición entera desde la puerta de la sala, pasando la mirada -“espeluztacular” que diría Burt Simpson-, breve y altanera del espanto. En tal caso mi frustración sería total, independientemente de que yo como autor estuviese muy valorado en todos los rincones artísticos del mundo y mis obras valieran cada una lo que vale un edificio de apartamentos en la Quinta Avenida. En ese momento me apenaría y no me quedaría otro remedio que darme cuenta que mis pinturas no interesan a nadie, salvo a ciertos entendidos en arte, los cuáles me van a dar una transcendencia en el tiempo bastante escasa, ya que quien realmente me la tendría que dar en tal caso, es el resto del mundo, que precisamente es el que me ignora. Seguramente en esa hipotética exposición extravagante vería gente que se reiría de los cuadros, gente que se quejaría del paseo que se han dado para nada, para perder el tiempo en algo muy publicitado, pomposo, difundido y presuntuoso y para ver a su artífice siendo agasajado por personajes hipócritas. Es algo parecido a cuando alguien te habla de un lugar donde se come de maravilla, con raciones generosas, sabores nuevos, con tantas condecoraciones en la solapa como las charreteras de un general héroe de guerra, con camareros son atentos y halagadores, situado en un lugar idílico con vistas a a lo que parece un precioso lago. Pero resulta que uno va y el restaurante está vacío, cosa que da mala espina, las vistas son a un pequeño embalse, el camarero es más borde que un caniche, la comida es congelada, sosa y para localizarla en el plato necesitas un microscopio de barrido, y para rematar la faena te dan tal estocada en la billetera que hasta ella se resistía para salir del bolsillo. Quizás si tal situación se produjera con mi exposición preferiría que fuera así a que se diera el caso contrario, esto es, mucha afluencia de público, todos entusiasmados con mis obras, felicitaciones, halagos y zalamerías múltiples, porque de la otra forma solamente parece que al fin y al cabo de lo que se trata es de hacer negocio, aunque sea a costa de no hacer arte, de especular con que lo que se va a comprar mañana valdrá un tanto por ciento más pasado mañana -que me perdone Mark Rothko y similares porque posiblemente ellos no tengan culpa de nada-. Entonces no puedo llamarme artista, seré en tal caso un negociante, tratante, buhonero o vendedor de arte para minorías adineradas. Aunque si me dieran a elegir... 

Yo prefiero alucinar con Johannes Vermeer antes que con Vasili Kandinski, prefiero buscar el alma a los cuadros de Antonio Montiel antes que a los de Antoni Tapies, prefiero a Hernán Cortés antes que a Miquel Barceló, la dulzura y el sfumato de Leonardo da Vinci antes que la crudeza Edvard Munch, a Velázquez antes que a Joan Miró, a Claude Monet antes que a Marcel Duchamp o la luz y naturalidad de Nikolay Suryguin, Arsen Kurbanov, Antonio López o Joaquín Sorolla antes que lo que yo creo que son salidas de tono de Damien Hirst o Gerhard Richter o Chris Ofili y sus cuadros con excrementos de elefante. A lo mejor soy "rarito" pero qué le vamos a hacer, me cuesta cambiar y mi opinión debe ser respetada como la de cualquier otro, como será respetable la de los que a mi me censuren. Y por tanto opino que un montón de arena con una pala clavada, una taza de váter, medio vaso de agua, un motor de lavadora viejo, unas bolas de papel de aluminio tiradas por el suelo o un hígado deshidratado en un plato, no pueden ser obras de arte, ni dicen o transmiten nada más que lo que son. Y si ser artista es ir a buscar todo eso a un vertedero, a un almacén o al frigorífico y colocarlo en un museo o sala de arte, me parece que en este mundo somos al menos 7.000 millones de artistas en potencia, y aumentando cada día.

"Henar". 81x65
Con todo ello quiero decir que el arte de fama en cuanto a crítica y opinión de algunos entendidos, va generalmente por un lado y la opinión de “la plebe desinformada” va por el lado opuesto hacia las playas tranquilas de la lógica y el buen gusto.

Yo, que he sido asiduo concursante certámenes de pintura, he visto cómo se premian, elogian y seleccionan pinturas que parece que las hubiera hecho un chimpancé esquizofrénico bipolar, en detrimento de verdaderas obras de arte que llevan decenas o cientos de horas de trabajo, obras que pocas personas en el mundo serían capaces de ejecutar tan rápido y tan bien, y obras a las que no dan valor por no sé qué razones que no son capaces de explicar ni los propios “entendidos en ese arte”. Y, o bien no son capaces de darse a entender o bien no quieren que se les entienda porque luego todo el mundo entendería y si todo el mundo entiende, puede que se acabe el chollo. Seguramente muchos no dicen lo que piensan porque no es “cool” o porque se les pueda apartar de grupos tan selectos. 

He asistido a concursos de pintura rápida, aunque en seca también sucede, en los que se tiene que plasmar obligatoriamente en unas horas tal o cual pueblo o ciudad y sus alrededores, y he asistido boquiabierto al ver cómo se premian obras abstractas, obras que al parecer solo unos pocos son capaces con sus superpoderes de distinguer el lugar que se ha de pintar; se supone que los artistas han ido a pintar lo que se ve, según suelen decir las bases del lugar del que trate el certamen y de forma realista, donde el parecido o exactitud sean unas de las mayores virtudes, digo yo... Pues no, premian como digo, un cuadro que bien pudiera ser cualquier cosa o cualquier lugar del sistema solar. Premian, a veces, obras realizadas en media hora, incluido el rato del bocadillo, en detrimento de verdaderas joyas llenas de luz, perspectiva, exactitud, esfuerzo y creatividad. No me extraña que muchos de esos certámenes estén perdiendo popularidad de año en año y se vean privados de grandes artistas que no ven recompensado su trabajo e ilusión, artistas -muchos de ellos acuden desde lugares muy lejanos y dispares-, porque la lógica ha abandonado el lugar dando paso al esperpento y a las injusticias.

Muchos entendidos en arte encuentran creatividad donde no la hay y le dan ese calificativo a tal o cual obra para encasillarla aquí o allá según convenga, según el estilo o yo qué sé. 

"Juan Carlos". 81x65
Si todos los entendidos en arte lo fueran realmente y se rigieran por verdaderas reglas, todos coincidirían en premiar a los mismos cuadros, sin embargo ni ellos mismo se ponen de acuerdo cuando se trata de un grupo juzgador. Curiosamente se recompensan diferentes obras cuando son distintos los grupos que juzgan, lo que me deja claro que la valoración objetiva de una obra de arte relacionada con reglas, no existe, que se trata de algo subjetivo ligado al criterio o gustos personales de cada juez, crítico, o lo que sea, según él crea; a lo mejor incluso, otro día con un humor o levante diferente hubiera elegido otras obras distintas. Estoy seguro que si en un certamen de pintura se dijera a distintos jueces que por separado dieran el premio a la obra que consideren, sin que los otros tuvieran constancia de la opinión de los demás, cada uno le daría el galardón a una diferente.

Hay algo curioso que ha calado profundo en la sociedad y que todo el mundo se repite ante una obra expuesta, pudiendo ser ésta de un gusto pésimo o un adefesio vergonzante, que aunque no le entre por el ojo al observador, éste se diga... "será que no entiendo", en vez de decir que no le agrada o que es un bodrio según su parecer, pese a quien pese. No a todo el mundo le gustan los mismos guisos que a otros, los mismos pisos o coches, vestidos o trajes, o el mismo color de uñas. y no por eso se dice que "será que no entiendo", decimos directamente que esto o aquello no me gusta, respetando normalmente que a otros sí pueda gustarle.

"Juani II". 65x50
No todo por el hecho de estar en una exposición o en un museo tiene que admitirse y tiene que ser una obra de arte, si está allí porque alguien pensó, acertadamente o no, que debería estar, nada más.

En la última exposición que hubo en el Museo del Prado de El Bosco, independientemente de la cantidad de gente que fue a verla, que fue muchísima, y otra tanta al menos que se quedó con las ganas de ir, daba gusto ver cómo el personal se agolpaba ante cada obra y se quedaba embobado durante minutos y minutos, algunos emocionados atacados por el síndrome de Stendhal y otros no tanto, pero todos admiraban tales genialidades. Mientras el museo estaba a reventar. Sin embargo he visto exposiciones de artistas contemporáneos renombrados, cuyas obras se valoran más que las de El Bosco, en las que si una mosca volaba hacía eco, y en las que se batían todos los records de permanencia escasa frente a cada obra. Si yo fuera ese artista, preferiría ser como El Bosco, sobre todo para no auto-engañarme.

"Pilar". 64x54
Concluyo con que creo que el arte del negocio va por un camino, y que el verdadero arte, el del pueblo llano, el que gusta a todo el mundo, va por otro, pero sin duda que el primer camino, además de estrecho y lleno de baches, morirá en algún precipicio, como parece que ya está ocurriendo, mientras que el segundo, además de ancho y con buen firme, acabará en una plaza repleta de gente en una ciudad monumental y soleada o en un paraje bonito.

A mí me daría pena ser artista reconocido sólo por el mercado y por ciertos entendidos en arte, aunque quizás pudiera aplicarme en un arrebato egoísta a mí mismo el dicho acertado de: “ande yo caliente, ríase la gente”. También me daría pena, y posiblemente algo de envidia ser o querer ser artista dedicado a lo que pudiera ser mi gran sueño, y que el reconocimiento sólo lo tenga del pueblo llano sin que eso se tradujera en modestos emolumentos. No sé.

El Cuento del traje nuevo del emperador:

Hace muchos años vivía un rey que era comedido en todo excepto en una cosa: se preocupaba mucho por su vestuario. Un día oyó a Guido y Luigi Farabutto decir que podrían fabricar la tela más suave y delicada que pudiera imaginar. Esta prenda, añadieron, tenía la especial capacidad de ser invisible para cualquier estúpido o o incapaz para su cargo. Por supuesto, no había prenda alguna sino que los pícaros hacían lucir que trabajaban en la ropa, pero estos se quedaban con los ricos materiales que solicitaban para tal fin.

Sintiéndose algo nervioso acerca de si el mismo sería capaz de ver la prensa o no, el emperador envió primero a dos de sus hombres de confianza a verlo. Evidentemente ninguno de los dos admitieron que eran incapaces de ver la prenda y comenzaron a alabar a la misma. Toda la ciudad había oído hablar del fabuloso traje y estaba deseando comprobar cuán estúpido era su vecino.

Los estafadores hicieron como que lo ayudaban a ponerse la inexistente prenda y el emperador salió con ella en un desfile, sin admitir que era demasiado inepto o estúpido como para poder verla.

Toda la gente del pueblo alabó enfáticamente el traje, temerosos de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo, hasta que un niño dijo: "¡Pero si va desnudo!"

La gente empezó  a cuchichear la frase hasta que toda la multitud gritó que el emperador iba desnudo. El emperador lo oyó y supo que tenían razón, pero levantó la cabeza y terminó el desfile.

Toda la gente del pueblo alabó enfáticamente el traje, temerosos de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo, hasta que un niño dijo: "¡Pero si va desnudo!"

La gente empezó a cuchichear la frase hasta que toda la multitud gritó que el emperador iba desnudo. El emperador lo oyó y supo que tenían razón, pero levantó la cabeza y terminó el desfile.

miércoles, 15 de junio de 2016

51. Retratos en venta

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miércoles, 25 de mayo de 2016

50. Novedades del Verano

"Jimena". 55x46
"EL DÍA QUE LA ESTUPIDEZ SE TORNÓ ARTE"

Publicado por GAZZETTA DEL APOCALIPSIS el 1 de junio de 2016.

En la sociedad actual la estupidez acaba rezumando por todos los poros y nada parece poder detenerla.

Estos últimos días, hemos visto una noticia que expone claramente el nivel de estulticia y superficialidad que tanto nos afecta. Así es como la exponían en RT: Un joven de 17 años ha colocado unas gafas en el suelo en el Museo de Arte Moderno de San Francisco (EE.UU.) para ver la reacción de otros visitantes, informa el portal BuzzFeed. Según el joven, unos segundos después de que las gafas fueran puestas numerosas personas empezaron a acercarse a la “pieza” para observarla y tomar fotos. Las imágenes del joven en las que se aprecia cómo los visitantes observan con detenimiento el objeto se han hecho virales en Internet y han sido compartidas más de 32.000 veces y cuenta con 36.000 me gusta en Twitter.

"Esther". 73x54
Como es de imaginar, el asunto ha levantado una oleada de críticas y comentarios afilados en las redes e incluso en algunos medios, la mayoría de las cuales se han centrado en criticar la estupidez que rodea al arte contemporáneo. Y aunque suscribimos muchas de esas opiniones, no dejan de ser una visión superficial del asunto. Y es que el quid de la cuestión no está en criticar aquello que la gente interpreta como “arte” en la actualidad. Ni tampoco se llega al fondo de la cuestión tildando de bobos a los que estaban en la galería e interpretaron erróneamente lo que significaban esas gafas. Probablemente, la mayoría de esa gente tenga un cierto nivel cultural y una cierta capacidad de análisis y raciocinio; al menos el suficiente como para estar en un museo y no sentados en un sofá viendo la tele. Al fin y al cabo, si los que estaban en el museo y creyeron que las gafas eran arte son unos memos, entonces ¿cómo debemos calificar a todos aquellos que pasan horas viendo por la tele a un grupo de semi-analfabetos barriobajeros chillándose en una tertulia del corazón o presenciando embelesados como un grupo de repugnantes pseudo-famosos se pelean entre sí mientras están presuntamente abandonados en una isla?

"Diego·. 81x65
La clave del asunto pues, radica en tratar de comprender a través de qué mecanismos toda esa gente que estaba en la galería y que presumiblemente deberían tener una cierta cultura y capacidad intelectual, interpretó que esas gafas en el suelo eran una obra de arte. Y la respuesta a esta cuestión es bien sencilla, aunque parezca una perogrullada: esa gente interpretó que las gafas eran una obra de arte, por el simple hecho de que estaban dentro de un museo de arte contemporáneo. Así de simple. Si hubieran visto esas mismas gafas en un banco del parque o al lado de una fuente, no habrían creído que fueran una obra de arte. Solo habrían visto un objeto. Al ver las gafas, esas personas han presupuesto que debían ser una obra de arte, porque su mente ha sido programada para presuponerlo así; en otras palabras: la programación mental recibida les ha llevado a crear una realidad artificial alrededor de cualquier objeto que esté en ese lugar concreto llamado “museo”, convirtiéndolo potencialmente en un elemento abstracto llamado “obra de arte”, aunque el objeto en cuestión sea una compresa pegada en una pared o unas gafas tiradas en el suelo.

"Rita II". 55x46
Como vemos pues, en su interpretación de lo que es “arte”, en ningún momento han obedecido a su sensibilidad individual, ni se han escuchado a sí mismos. Eso implica que en la interpretación de lo que es arte en la actualidad, ya no importa el criterio propio o la propia sensibilidad: solo importa la programación mental recibida. De hecho, el incidente de las gafas nos demuestra que hemos llegado a un punto tal, que el arte, no es arte por la obra en sí misma, ni por el efecto que provoca en quién la ve, sino por el edificio en la que está ubicada o por el envoltorio social o definitorio que la rodea.

"Josema y Judith". 81x65
Por lo tanto, la definición de “arte” ha cambiado. Hasta ahora, era la siguiente: Arte: Manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros. En cambio, ahora podríamos definirla como: Arte: todo aquello que la Autoridad Oficial correspondiente decida definir como “arte”. ¿Y qué es la “Autoridad Oficial correspondiente”? Pues bien, la “Autoridad Oficial” puede manifestarse de muchas formas, a veces combinadas; puede ser una autoridad política, policial, judicial, social, religiosa, moral, mediática, o en el caso que nos afecta, una “autoridad académica”. Una “Autoridad Académica”, conformada por unos presuntos “expertos en arte”, que en este caso definen que cualquier basura que puedas encontrar dentro de ese edificio llamado “museo de arte contemporáneo”, puede llegar a ser interpretada como “arte”. Y lo peor es que esa definición ya no tiene porqué circunscribirse al espacio de un museo. Si por la razón que sea, esa misma autoridad te indica en un momento determinado que un objeto o actividad cualquiera, situada en un entorno no museístico, también es “arte”, automáticamente deberás interpretar al objeto o actividad en cuestión como “obra de arte” o “actividad artística”.

"Raúl". 55x38
Por ejemplo, supongamos que un día vas por la calle y te cruzas con un grupo de imbéciles semidesnudos pintados de blanco, gestualizando teatralmente como gilipollas alrededor de un inodoro situado en medio de la acera; si existe una “autoridad académica” que decida certificar aquello como “acción artística”, el conjunto de memeces que esos idiotas realicen, recibirá el calificativo de “performance” y automáticamente será considerada “actividad artística”. Y lo será aunque los tipos en cuestión sean unos descerebrados con el mismo talento artístico que una ardilla. Sin embargo, si tú decides hacer algo similar en medio de la calle, sin el respaldo de una autoridad académica que te respalde mediante la definición correspondiente, probablemente serás considerado un loco o un payaso; aunque lo más posible es que tengas la suerte de que la gente que pase a tu alrededor piense: “mira, debe ser alguna actividad artística o teatral promovida por el ayuntamiento, como las estatuas humanas o los músicos del metro…vamos a tirarle una moneda”.

En definitiva, el suceso de las gafas en el museo de San Francisco, no es algo tan anecdótico como puede parecer a primera vista. Nos indica que estamos en un estado concreto en nuestra evolución psicosocial. Nos señala que nuestro criterio individual ha quedado completamente subyugado a una autoridad oficial externa, que es la que define todo aquello que debemos sentir o pensar a cada momento, sin que tan solo lleguemos a poner en duda si ello tiene o no tiene sentido.

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El arte, ya no es arte porque nos conmueva, porque nos invite a la reflexión o porque nos diga algo como individuos. Es arte porque nos dicen que lo es y porque nos dicen dónde se puede considerar como tal. Un montón de harapos tirados en la acera, son “basura” y el que los ha tirado ahí es un “guarro”. En cambio, si los mismos harapos están tirados en la sala de un museo, son “arte” y el que los ha puesto ahí, es un “artista” súper reflexivo. Se nos ha negado pues toda posibilidad de definición de nuestro entorno y de nuestro mundo a nivel individual. Y si vamos más allá, veremos que este mecanismo de rendición ante la autoridad oficial, es extrapolable a casi todas nuestras actividades sociales y que lleva ahí desde hace mucho tiempo.

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De la misma forma que obedecemos a una “autoridad oficial” que nos indica que todo lo que encontremos dentro de un museo de arte contemporáneo es susceptible de ser considerado arte por el simple hecho de estar ahí, durante siglos ha existido un mecanismo análogo que ha llevado a las personas a creer que todo lo que dijera un sacerdote era moralmente bueno y tenía que ver con un ser superior llamado “Dios”.

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El mismo tipo de mecanismo psicológico de sumisión que lleva a un grupo de personas a creer que unas gafas en el suelo pueden ser “arte”, es el que nos lleva a creer que aquello que nos diga un hombre uniformado debe ser obedecido porqué es “ley”, sin que nadie tenga derecho a ponerlo en duda; es el mismo tipo de mecanismo que nos dice que lo que haga la mayoría debe ser imitado porque es “moda” o “tendencia”; y es el mismo tipo de mecanismo que nos lleva a creer sumisamente que todo lo que nos diga un tipo con bata blanca y un diploma en la pared, ha de ser cierto e indiscutible por fuerza, porque nos han inculcado que él sabe cosas que nosotros no podemos entender y que jamás actuará movido por la ambición, el interés o el dinero, sino dirigido por la mano invisible de un ente maravilloso de fantasía, infalible e incorruptible, llamado “ciencia”. El mecanismo básico de obediencia y anulación del criterio propio es muy similar en todos estos casos. Simplemente, adquiere diversas formas. Así que, quizás sí, al final va a resultar que esas gafas en el suelo en el museo de arte de San Francisco, nos decían mucho más de lo que creíamos inicialmente. Quizás esas gafas no se limitaban a llamar “estúpidos” a todos los que pululaban por la galería, sino que estaban chillando un atronador “estúpidos” dirigido a todos los rincones de la sociedad y del planeta.

El problema es que con tanto ruido, poca gente ha logrado escuchar el mensaje…