viernes, 28 de julio de 2017

56. Historia de Jumbo.

La vida que se salvó gracias al arte.

"Jeff Bridges". 81x65
Recuerdo pocas tormentas veraniegas tan breves e intensamente lluviosas como la de aquel miércoles 28 de junio de 2017 que sufrí junto a mi vecino y amigo Manolo. Nos bajamos de su coche, aparcado a la vuelta de la Basílica inconclusa de Santa Teresa en Alba de Tormes, puede que fueran las doce, y aunque pocos metros nos separaban de la entrada, llegamos a la misma empapados hasta el tuétano, la falta de paciencia para esperar en el automóvil a que amainara el temporal fue la culpable. El objeto de la arriesgada expedición era ver una exposición de pinturas y esculturas de diversos autores de la provincia. Tras poco más de media hora de contemplación de las obras decidimos volver a salir al exterior, ya había dejado de llover, pero permanecían los charcos, las escorrentías y el olor a humedad. Bajamos la escalera, giramos a la izquierda, anduvimos unos diez pasos en dirección al aparcamiento, cuando Manolo bajó la cabeza y se percató de que en el suelo había lo que parecía el cadáver de un polluelo de color negro y obispillo blanco que seguramente no pesaría más de cinco o seis gramos. Pensando que el alma del animalito ya había abandonado este húmedo y ruidoso mundo, le dio un pequeño puntapié como para apartarlo de la acera hacia el jardincillo que linda con la misma, murmurando unas palabras que ahora no recuerdo pero que a mí  me sonaron a lastimosas, aun mi curiosidad hizo que me diera la vuelta y me percatara del trágico final de una vida que acababa de empezar. Yo iba dos pasos por delante, y al bajar la vista lo primero que sentí fue pena por él, y también, fugazmente culpa, probablemente sin tener por qué o quizás por no haber podido ayudarlo a tiempo. Pero inmediatamente me dio la impresión de que había movido ligeramente un ala, lo que hizo que me faltara tiempo para recogerlo. Su diagnóstico no parecía esperanzador, como mínimo hipotermia severa, por decir algo. No sentí que respirara ni que palpitara su diminuto corazón; estaba tan mojado y tan frío que me llamó la atención al contacto con mi piel, aun así decidí estrecharlo en mi mano derecha, de la que apenas sobresalía el pico y la punta de la cola, con la intención de darle calor que era lo único que por el momento supe hacer, sin saber con certeza si ya se había rendido... no era para menos. Lo mantuve abrazado con mi mano durante el corto viaje como si llevara en ella un puñado de flores de azahar, poniéndole su espalda hacia el sol -nada más montar en el coche-, que radiaba ya fuerte sobre el salpicadero y con la calefacción del coche a veinticinco grados que Manolo ajustó, y no es que fuera de agradecer precisamente esa temperatura en pleno verano cuando lo que tocaba era el aire acondicionado.

"Henar y Raúl". 81x65
Llegando ya a Salamanca percibí las primeras tenues palpitaciones, cabeceos y sus primeros intentos de respirar. Me alegré infinitamente y creo que ahí fue cuando empecé a darme cuenta de que estaba ante un pequeño luchador y que yo tenía la obligación y la responsabilidad de sacarlo adelante porque para eso debí estar en el sitio y en el momento oportuno. Mi instinto conservacionista brotó con emoción. Aquí empieza la épica historia de Jumbo.

Siempre fui amigo de los animales y en especial de las aves, de las cuáles puedo vanagloriarme de haber tenido, salvado, cuidado y criado unas cuantas de diversas especies. Suelo reconocerlas y nombrarlas al verlas y a la mayoría de ellas por su canto.

Con un ligero estudio ocular del polluelo me di cuenta que por la forma del pico era insectívoro. Por la estrechez y longitud de sus incipientes alas y su cola horquillada deduje que era pariente de las golondrinas, pero no era una de ellas porque no tenía la mancha púrpura en la parte inferior de su cuello, ni tampoco era un vencejo porque éstos son totalmente negros; un poco de curioseo por la red me hizo convencerme de que estaba ante un elegante avión común.

Cuando llegué a casa mi mujer enseguida adoptó el papel de madre y le encontró una pequeña jaula donde colocó un calcetín de algodón blanco, lo enrolló y ahuecó de modo que pudiera adaptarse a un tapón rojo de unos seis centímetros de diámetro para que no se deformara. Antes de colocar al pequeño huésped en su nuevo nido se lo calentó ligeramente en el microondas para que lo encontrara confortable. Aquí comenzaba la segunda parte de la pequeña pero gran historia de Jumbo, nombre que decidimos ponerle por estar relacionado con el de su familia... los aviones.

Enseguida conseguimos las primeras moscas, pocas, porque este año parece que escasean, buscándolas en el jardín, la terraza, la cocina o donde cuadrara, para darle proteínas que le animaran lo antes posible. También, previa consulta virtual, disponíamos de un alimento que posteriormente sería crucial en su crecimiento... comida de gato, de la cual teníamos en abundancia porque somos dueños de una gata blanca que se llama Sara. Remojábamos bien el pienso para ablandarlo en un vaso con agua y lo partíamos en trocitos pequeños que le suministrábamos junto a los insectos que cazábamos con unas pinzas de las que se utilizan para depilarse las cejas. Como voluntariamente no abría el pico, nos veíamos obligados a forzarlo y a introducirle el alimento al fondo, detrás de la lengua, para que no lo expulsara, alimento que por suerte sí fue tragando bien desde el primer momento. 

"John Doe". 65x54
Pero se nos avecinaba un gran reto, por lógica no puede alimentarse solo de pienso de gato, y la cantidad de insectos que al alcance teníamos era insuficiente, así que pertrechados con bolsas de congelar alimentos nos íbamos cada dos días a la caza del insecto por las cercanías de nuestro pueblo. Al principio la caza era diversa, algún saltamontes, alguna avispa, mariposas pocas, gorgojos... pero tras investigar nuevos territorios de caza dimos con una zona próxima al río donde había saltamontes como para alimentar a todos los aviones de la provincia, y sobre todo pequeños, los más jugosos y fáciles de digerir ya que su exoesqueleto es más blando. El éxito de estas jornadas cinegéticas fue mayúsculo, lo que nos hizo ver en cierto modo el cielo abierto; cada día que íbamos mejorábamos nuestras técnicas de caza y capturábamos con destreza varias decenas de esos crujientes chapulines. 

Al segundo día de estancia en nuestra casa Jumbo comenzó a abrir los ojos y a darse cuenta que unas pinzas metálicas deberían de ser el pico de su madre que le traía ricas viandas a menudo, tan a menudo que todos los días engullía no menos de doce bolas de comida de gato y no menos de treinta saltamontes. También aprendió a que cualquier cosa que se moviera a su alrededor podría llevar pinzas metálicas y por tanto alimento consigo, por eso piaba insistentemente para llamar la atención del bulto móvil. Siempre tenía hambre.

Jumbo creció y creció, comió y comió, aprendió a cantar y parlotear instintivamente; a aletear y a volar gracias a las primeras clases prácticas que por la cocina y el salón de casa le animábamos y permitíamos hacer. Pronto empezó a esquivar los objetos, los muebles y las lámparas. Aprendió a a agarrarse de las cortinas y a posarse en la mano para comer, volviéndose después, una vez que consideraba él que estaba saciado, a la pequeña atalaya que le instalamos (un listón estrecho de poco más de un metro sujeto de la lámpara de la cocina a la ventana), donde se pasaba muchas horas afinando su vista, familiarizándose con los espacios y las distancias y haciendo sus copiosas necesidades, ya se sabe... "como come el mulo, así caga el culo". 

Y así pasaron los días y las semanas, tan rápido, si no más, que cualquier otro periodo similar de cualquier verano. Mientras, comentábamos con pesar las posibilidades de supervivencia que tendría cuando lo liberáramos, los avatares que le depararía la auto-supervivencia, la adaptación al medio que desconocía y el posterior viaje a África cuando los fríos del otoño se aproximaran. No niego que no pensáramos en quedarnos con él en vez de soltarlo, pero independientemente de que no parecía lo más apropiado, las dificultades para su crianza iban a ser mayores, sobre todo cuando el suministro de insectos, y más el de saltamontes, cayera en picado por su escasez estacional. Al final la cordura se impuso y la decisión que teníamos que tomar se tomó... la liberación se haría efectiva. Vacilamos, en función de los progresos y de la preparación que veíamos en Jumbo. Dudamos si tal o cual fecha sería mejor o peor que otra, pero pronto acordamos que el día "D" sería cuando se cumpliera un mes exacto desde que lo rescaté, y el lugar apropiado, donde lo encontré. Lugar donde nació una vez y donde volverá a renacer. Donde se encontrará con sus hermanos, familiares y futuros amigos, donde quizás un día pueda encontrar novia y donde el ciclo de la vida vulva a empezar... solo falta la música. El lugar donde el instinto le traerá de vuelta cuando tenga que regresar de sus migraciones: la Basílica de Santa Teresa de Alba de Tormes. Junto al río del mismo nombre, al lado del puente medieval construido sobre los restos del antiguo puente romano, justo por donde pasa la Vía de la Plata, a la sombra de la silueta de los restos del Torreón solitario del castillo que fue de los Duques de Alba. ¡Vaya sitio!

En fin, el día"D" llegó, 28 de julio y viernes; temprano empezamos a acicalar los enseres y la jaula de Jumbo, como si fuera otro día cualquiera que pasara con nosotros, como si el echo de hacerlo no fuera a suponer que se acercaba la despedida, como si el pequeño hijo que se fuera un rato para luego volver. Pocas palabras cruzábamos mi mujer y yo, no sé si era por la emoción del pensamiento que se centraba en el momento inmediato de la separación o porque parecía que eran ratos de un duelo que no lo era. Le dimos de comer todo lo que se le antojó, dentro su dieta estricta de bolas de pienso de gato remojadas y saltamontes, como preparándolo para que durante sus próximas horas o jornadas no tuviera que preocuparse mucho por si no se le daba bien la caza del insecto. 

"Aitor II". 46x38
Cogimos la jaula, montamos en el coche y salimos hacia Alba de Tormes; serían las diez y media o las once cuando llegamos, aparcamos frente a la Basílica y sin prisas hicimos tiempo mirando aquí y allá, como esperando a que se hiciera más largo. Bonito día soleado, típico del mes en que estábamos, todavía no hacía mucho calor. Al final volvimos a mover el vehículo y nos colocamos en el aparcamiento de tierra que hay junto al monumento que le vio nacer. Seguimos dentro del coche, lo sacamos de la jaula y decidimos darle de comer por última vez, por supuesto su glotonería habitual hizo que no rechazara nada, dando la impresión de que no había comido en horas... lo de costumbre. Pero algo era distinto en su comportamiento, no reaccionó con nerviosismo al ver la comida como había hecho siempre, no abrió el pico compulsivamente tampoco, no aleteó nerviosamente como era habitual, y permaneció inmóvil mirando hacia el exterior como con nostalgia, como adivinando que se futuro estaba ahí fuera y no estaba seguro de poderlo disfrutar. 

"Mª. Ángela". 81x65
Salimos del coche. Mi mujer llevaba a nuestro pájaro adoptivo preso entre sus manos pero como si estuviera entre algodones, dejándolo que sacara la cabeza para que viera a su alrededor el mundo que le esperaba fuera que ya había conocido un mes atrás. Al poco rato, cuando nos dimos consentimiento mutuo con la mirada, sin gesto alguno, quizás porque las palabras no salían con facilidad, Juani abrió las manos y Jumbo salió de entre ellas como si le persiguiera el mismísimo diablo. Voló con aceleración continuada, como si lo hubiera hecho siempre, describiendo círculos a medida que ascendía como si hubiera encontrado una corriente térmica, cada vez más rápido y más alto, codeándose y mezclándose con sus congéneres y haciendo exactamente los mismo movimientos ágiles y veloces que ellos; hasta que llegó un momento en que ya no supimos cuál de todos era él. 

Jumbo había abandonado definitivamente nuestras vidas. Jamás recordará quién fuimos ni pasará a visitarnos, ni en lo que resta de este verano ni ninguno de los que regrese, si es que lo hace, de África. cuando su reloj biológico le diga que hay que hacerlo. Lógicamente no se pueden esperar agradecimientos ni recompensas por su parte, entre otras cosas porque no entiende de esas raras costumbres de humanos. 


"Catalina". 65x54
Nos dio un mes de su vida que fue suficiente para cambiar nuestra rutinaria existencia durante un breve tiempo. Un mes que dejará bonitos y emocionantes recuerdos y que con seguridad nos hizo mejorar en algo.

Supongo que habré sido un poco ñoño y extenso en mi relato y para muchos le habré dado demasiada importancia a esta pequeña vida que otros pueden considerar insignificante. Pero cuando quien no valora ni admira los otros seres que con nosotros conviven, independientemente de su tamaño, que les da lo mismo que existan o que no y que no hace nada por su conservación o como poco no les deja vivir en paz, se pierde grandes espectáculos y emociones. Esto es aplicable a todos los seres vivos, incluido el ser humano, por supuesto. Entiendo que una vida es una vida aunque esté en un cuerpo pequeño.

Frase que he leído: "Duele ver a Ángeles siendo humillados, ignorados y sufriendo"
De la película El Oso: "Hay un placer mayor que el de matar... dejar vivir" 


sábado, 24 de junio de 2017

55. Primavera del 17.

"Chus". 72x50

"Camino hacia Las Dunas". 100x81

"Palomo Linares". 100x81

"Temprano en la Falla". 100x65
"Aitor". 65x54

jueves, 16 de febrero de 2017

54. 10 Retratos


Exposición de 10 retratos en el Café La Platea, Plaza del Corrillo de Salamanca. Febrero y Marzo.

viernes, 23 de septiembre de 2016

52. "Arte y entendidos".

"Clara". 116x89
El saco del arte reconocido es acogedor y hospitalario cuando se ha tenido la suerte de haber caído dentro, merecidamente o no. Es mullido, calentito, hogareño, de boca estrecha, amplio en el fondo y profundo para acomodar en él cualquiera que esté en su radio de acción cual masivo agujero negro. Es capaz de engullir todo tipo de entendidos, tanto a los que se califican así ellos mismos, a los que son tildados de esa forma por otras personas, por la fortuna -en todas sus formas-,  por los medios de comunicación o por cualquier otra circunstancia. Posiblemente dentro de ese recipiente pueden acomodarse muchos licenciados, críticos en arte, galeristas, jueces de certámenes y artistas o no. Muchos de ellos son capaces de divulgar y hacer valer sus verdades y sentencias absolutistas sobre las tendencias artísticas en cuanto a calidad o creatividad, en cuanto a la obra que debe transmitir emociones sinceras o no, sobre la que debe provocar rechazo o admiración, o por la que se debería entrar en éxtasis abducido por el síndrome de Stendhal. Fuera de la atracción gravitacional del saco orbítan artistas y entendidos en arte que son capaces de evitar su radio de influencia, y deambulan por sus inmediaciones con el orgullo de ser capaces de resistirse a sus poderosas fuerzas centrífugas sin dejarse atraer hacia su profunda sima en cuyo fondo se encuentra -aunque lícito y bien aceptado por mí dentro del libre mercado- el dragón del negocio y la especulación.

Un profesor de arte al que sigo, dijo: “la obra de arte que necesita una explicación, probablemente no es una obra de arte”. Eso es, una obra de arte es capaz por sí sola de hablar y de dar un discurso sin tener voz y de explicar por sí sola lo necesario -"una imagen vale más que mil palabras"-. Ya transmite de primera mano lo que el artista quiso que transmitiera o lo que cada uno quiera entender que transmite, independientemente de que a cada observador le llegue de una forma u otra al intelecto, a su lado sensible, al alma o a donde sea que le ha de llegar. Por eso no es raro que algunos entendidos nos den una matraca explicativa y farragosa  sobre ciertas supuestas obras de arte, que a simple vista no parece que lo sean, y nos dejen boquiabiertos, noqueados, con cara de memos y desorientados... como para rebatir argumentos tan dispares, psicológicos, detallados, ilustrados y científicos. Y a ver quién es el menda que se atreve a decir que no ha entendido ni papa, ni ve tanta información, corriendo el riesgo por ello de quedar como un inculto del arte vanfuardista. Aquel mismo profesor también creía que una obra de arte no es capaz de realizarla cualquiera -a diferencia de lo que si ocurre con el mal llamado arte moderno o contemporáneo el cuál, como dice Avelina Lésper, se debe, si acaso, tildar como "estilo contemporáneo"- y que una obra artística debe y tiene que estar pensada y aún mejor si está muy trabajada, y que no sirve una obra en la que no se ha buscado la excelencia, la diferencia o la creatividad real, no imaginada, y que en función de eso mismo se distingue el artista del pintor.

"Esther". 65x54
Si yo fuera un artista del estilo contemporáneo y expusiera mis pinturas extravagantes en una sala de exposiciones en la que todo el mundo o la gran mayoría de la gente que entrara a verla no dedicara a contemplar cada obra un pequeño tiempo prudencial para disfrutarla o para admirarla, y contrariamente lo que hicieran es pasarse por delante sin prestarle atención o viendo la exposición entera desde la puerta de la sala, paseando la mirada -“espeluztacular” que diría Burt Simpson-, breve y altanera del espanto por el recinto; en tal caso, la frustración se haría compañera mía, independientemente de que yo como autor estuviese muy valorado en todos los rincones artísticos del planeta y mis obras valieran cada una lo que vale un edificio de apartamentos en la Quinta Avenida. Si me pasara eso, supongo que entraría en modo pena y no me quedaría otro remedio que darme cuenta que mis creaciones no interesan a nadie, salvo a ciertos entendidos en arte, los cuáles me van a dar una transcendencia en el tiempo bastante escasa, ya que quien realmente me la tendría que dar en tal caso, es el resto del mundo, que precisamente es el que me ignora. Seguramente en esa hipotética exposición extravagante vería gente que se reiría de los cuadros, gente que se quejaría del paseo que se han dado para nada, para perder el tiempo en algo muy publicitado, pomposo, difundido y presuntuoso y para ver a su artífice siendo agasajado por personajes aparentemente hipócritas. Sería algo como si alguien te hablara de un lugar donde se come de maravilla, con raciones generosas, sabores nuevos, con más estrellas que un general, con camareros atentos y halagadores, situado en un lugar idílico con vistas a a lo que parece un precioso lago. Pero resulta que uno va y el restaurante está vacío, las vistas son a un pequeño embalse, el camarero es más borde que un caniche, la comida es congelada, sosa y para localizarla en el plato necesitas un microscopio de barrido, y para rematar la faena te dan una estocada en la billetera. Quizás al fin y al cabo de lo que se trata es de hacer negocio, aunque sea a costa de no hacer arte, de especular con que lo que se va a comprar mañana valdrá un tanto por ciento más que pasado mañana -que me perdone Mark Rothko y similares porque posiblemente ellos no tengan culpa-. Entonces no podré llamarme artista, seré en tal caso un negociante, tratante, buhonero o vendedor de arte para ciertas minorías. Aunque si me dieran a elegir... 

Yo prefiero alucinar con Johannes Vermeer antes que con Vasili Kandinski, prefiero buscar el alma a los cuadros de Antonio Montiel antes que al inanimado Antoni Tapies, prefiero a Hernán Cortés antes que a Miquel Barceló, la dulzura y el sfumato de Leonardo da Vinci antes que la crudeza Edvard Munch, a Velázquez antes que a Joan Miró, a Claude Monet antes que a Marcel Duchamp, la luz y naturalidad de Nikolay Suryguin, Arsen Kurbanov, Antonio López o Joaquín Sorolla antes que lo que yo creo que son salidas de tono de Damien Hirst o Gerhard Richter o Chris Ofili y sus cuadros con excrementos de elefante. A lo mejor soy "rarito" pero qué le vamos a hacer, me cuesta cambiar y mi opinión debe ser respetada como la de cualquier otro, como será respetable la de los que a mi me censuren por opinar así o por lo que yo hago. 

Opino que un montón de arena con una pala clavada, una taza de váter, medio vaso de agua, un motor de lavadora viejo, unas bolas de papel de aluminio tiradas por el suelo, un fregonazo en un lienzo o un hígado deshidratado en un plato, no pueden ser obras de arte, ni dicen o transmiten nada más que lo que son. Y si ser artista es ir a buscar todo eso a un vertedero, a un almacén, a un matadero o al frigorífico y colocarlo en un museo o sala de arte, me parece que en este mundo somos al menos 7.000 millones de artistas en potencia, y aumentando cada día.

"Henar". 81x65
Con todo ello quiero decir que el arte de fama relacionado con el estilo contemporáneo en cuanto a crítica y opinión de algunos, va generalmente por un lado y la opinión de lo que otros creen que es “la plebe desinformada” va por el lado opuesto hacia las playas tranquilas de la lógica y del buen gusto.

Si uno se pasa por certámenes de pintura puede ver cómo se premian, elogian y seleccionan pinturas que parece que las hubiera hecho un chimpancé esquizofrénico bipolar, en detrimento de verdaderas obras de arte que llevan decenas o cientos de horas de trabajo, obras que pocas personas en el mundo serían capaces de ejecutar tan bien, obras a las que no se da valor por no sé qué razones que no son capaces de explicar ni los propios “entendidos en arte”. Y, o bien no pueden darse a entender o bien no quieren que se les entienda porque luego todo el mundo entendería y si todo el mundo entiende, puede que se acabe el pastel. Seguramente muchos no dicen lo que piensan porque no es “cool” o porque se les pueda apartar de grupos tan selectos. 

Lo mismo ocurre con concursos de pintura rápida, en los que se tiene que plasmar por obligación en unas horas tal o cual municipio y sus alrededores. A veces se queda uno boquiabierto al ver cómo se premian obras abstractas, obras que al parecer solo unos pocos son capaces con sus superpoderes de distinguir el lugar que se ha sugerido; se supone que los artistas han ido a pintar lo que se ve, según suelen decir las bases de los certámenes y de forma realista, donde el parecido o exactitud sean las mayores virtudes, digo yo... Pues no, premian como digo, en ocasiones, un cuadro que bien pudiera ser cualquier cosa o cualquier lugar del sistema solar. Premian, a veces, obras realizadas en media hora, incluido el rato del bocadillo, en detrimento de verdaderas joyas llenas de luz, perspectiva, exactitud, esfuerzo y creatividad. No me extraña que muchos de esos certámenes estén perdiendo popularidad de año en año y se vean privados de grandes artistas que no ven recompensado su trabajo e ilusión, porque la lógica ha abandonado el lugar dando paso al esperpento y a las injusticias.

Muchos entendidos en arte encuentran creatividad donde no la hay y le dan ese calificativo a tal o cual obra para encasillarla aquí o allá según convenga, según el estilo o yo qué sé. 

"Juan Carlos". 81x65
Si todos los entendidos en arte lo fueran realmente y se rigieran por sanos criterios, seguramente casi todos coincidirían en premiar a los mismos cuadros; sin embargo ni ellos mismo se ponen de acuerdo cuando se trata de un grupo juzgador. Curiosamente se recompensan diferentes obras cuando son distintos los grupos que juzgan, lo que me deja claro que la valoración objetiva de una obra de arte relacionada con reglas artísticas, no existe, que se trata de algo subjetivo, o como mucho tendencioso, ligado a criterios o gustos personales de cada juez, crítico, o lo que sea, según él crea; a lo mejor incluso, otro día con un humor o talante diferente hubiera elegido otras obras distintas.

Hay algo curioso que ha calado profundo en la sociedad y que todo el mundo se repite ante una obra expuesta, pudiendo ser ésta de un gusto pésimo o un adefesio vergonzante, que aunque no le entre por el ojo al observador, éste se diga... "será que no entiendo", como echándose uno mismo la culpa de ellos, en vez de decir que no le agrada, pese a quien pese. No a todo el mundo le gustan los mismos guisos que a otros, los mismos pisos o coches, vestidos o trajes, ni el mismo vino o el mismo color de uñas. y no por eso se dicen que "será que no entiendo", decimos directamente que esto o aquello no me gusta, respetando normalmente que a otros sí le pueda gustar.

"Juani II". 65x50
Damos por hecho que algo, simplemente por estar colocado en una exposición o en un museo tiene que admitirse que es una obra de arte, si está allí es porque alguien pensó, acertadamente o no, que debería estar, nada más. El hecho de exponerse un objeto en un lugar emblemático ya nos da la percepción de que estamos ante una obra de arte. Creo que el lugar de exposición no hace a la obra, sino que es la obra la que engrandece el lugar.

En la última exposición que hubo en el Museo del Prado de El Bosco, independientemente de la cantidad de personas que fueron a verla, centenares de miles, daba gusto ver cómo el personal se agolpaba ante cada obra y se quedaba embobado durante minutos y minutos, algunos visiblemente emocionados, atacados por el síndrome de Stendhal, otros no tanto, pero todos admiraban sin pestañear les genialidades oníricas plasmadas en lienzo por el autor. El Museo parecía la calle Preciados en rebajas. Sin embargo he visto exposiciones de artistas contemporáneos renombrados, cuyas obras se valoran más que las de El Bosco, en las que se batían todos los rècords de fugaz permanencia frente a cada obra, de las que no se despegaban antes porque se empeñaba, contorsionando las vértebras cervicales como Regan, la niña de la película El Exorcista, en busca de algún sentido a lo que estaban presenciando.  

"Pilar". 64x54
Concluyo con que creo que el estilo contemporáneo es más bien negocio que va por un camino, y que el verdadero arte, el del pueblo llano, el que gusta a todo el mundo, va por otro, pero sin duda que el primer camino, además de estrecho y lleno de baches, morirá en algún precipicio, como parece que ya está ocurriendo, mientras que el segundo, además de ancho y con buen firme, acabará donde ha acabado siempre, en una plaza repleta de gente en una ciudad monumental y soleada o en un paraje bonito.

No sé si quien ha invertido en unas gafas rotas, en una bicicleta vieja cuya peculiaridad era que las ruedas estaban infladas con aire de París y por eso valía seis mil euros, un ciempiés disecado colgando de un hilo, una taza de water amarillenta, una barbacoa mugrosa, en carrasco seco o en medio vaso de agua, vendido por quince mil euros, disfrutará de ese arte o lo revenderá o lo meterá en un almacén para revenderlo en su día. Supongo que la historia nos dará la razón a los que pensamos así, y si no, que se nos perdone por no entender de arte.  

Ser artista reconocido sólo por el mercado, en cierto modo da pena. Aunque quizás también da más pena el caso contrario, ser un buen artista, un genio, dedicado a lo que pudiera ser el gran sueño de su vida, y que el reconocimiento sólo lo obtenga del pueblo llano sin que eso se tradujera en modestos emolumentos. No sé.

El Cuento del traje nuevo del emperador:

Hace muchos años vivía un rey que era comedido en todo excepto en una cosa: se preocupaba mucho por su vestuario. Un día oyó a Guido y Luigi Farabutto decir que podrían fabricar la tela más suave y delicada que pudiera imaginar. Esta prenda, añadieron, tenía la especial capacidad de ser invisible para cualquier estúpido o o incapaz para su cargo. Por supuesto, no había prenda alguna sino que los pícaros hacían lucir que trabajaban en la ropa, pero estos se quedaban con los ricos materiales que solicitaban para tal fin.

Sintiéndose algo nervioso acerca de si el mismo sería capaz de ver la prensa o no, el emperador envió primero a dos de sus hombres de confianza a verlo. Evidentemente ninguno de los dos admitieron que eran incapaces de ver la prenda y comenzaron a alabar a la misma. Toda la ciudad había oído hablar del fabuloso traje y estaba deseando comprobar cuán estúpido era su vecino.

Los estafadores hicieron como que lo ayudaban a ponerse la inexistente prenda y el emperador salió con ella en un desfile, sin admitir que era demasiado inepto o estúpido como para poder verla.

Toda la gente del pueblo alabó enfáticamente el traje, temerosos de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo, hasta que un niño dijo: "¡Pero si va desnudo!"

La gente empezó  a cuchichear la frase hasta que toda la multitud gritó que el emperador iba desnudo. El emperador lo oyó y supo que tenían razón, pero levantó la cabeza y terminó el desfile.

Toda la gente del pueblo alabó enfáticamente el traje, temerosos de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo, hasta que un niño dijo: "¡Pero si va desnudo!"

La gente empezó a cuchichear la frase hasta que toda la multitud gritó que el emperador iba desnudo. El emperador lo oyó y supo que tenían razón, pero levantó la cabeza y terminó el desfile.

miércoles, 15 de junio de 2016

51. Retratos en venta

116 x 89 

116 x 89

100 x 81


100 x 81

162 x 130

162 x 130


100 x 81

70 x 50

70 x 54




116 x 89

100 x 81

100 x 100

55 x 46

miércoles, 25 de mayo de 2016

50. El Día de la Estupidez

"Jimena". 55x46
"EL DÍA QUE LA ESTUPIDEZ SE TORNÓ ARTE"

Publicado por GAZZETTA DEL APOCALIPSIS el 1 de junio de 2016.

En la sociedad actual la estupidez acaba rezumando por todos los poros y nada parece poder detenerla.

Estos últimos días, hemos visto una noticia que expone claramente el nivel de estulticia y superficialidad que tanto nos afecta. Así es como la exponían en RT: Un joven de 17 años ha colocado unas gafas en el suelo en el Museo de Arte Moderno de San Francisco (EE.UU.) para ver la reacción de otros visitantes, informa el portal BuzzFeed. Según el joven, unos segundos después de que las gafas fueran puestas numerosas personas empezaron a acercarse a la “pieza” para observarla y tomar fotos. Las imágenes del joven en las que se aprecia cómo los visitantes observan con detenimiento el objeto se han hecho virales en Internet y han sido compartidas más de 32.000 veces y cuenta con 36.000 me gusta en Twitter.

"Esther". 73x54
Como es de imaginar, el asunto ha levantado una oleada de críticas y comentarios afilados en las redes e incluso en algunos medios, la mayoría de las cuales se han centrado en criticar la estupidez que rodea al arte contemporáneo. Y aunque suscribimos muchas de esas opiniones, no dejan de ser una visión superficial del asunto. Y es que el quid de la cuestión no está en criticar aquello que la gente interpreta como “arte” en la actualidad. Ni tampoco se llega al fondo de la cuestión tildando de bobos a los que estaban en la galería e interpretaron erróneamente lo que significaban esas gafas. Probablemente, la mayoría de esa gente tenga un cierto nivel cultural y una cierta capacidad de análisis y raciocinio; al menos el suficiente como para estar en un museo y no sentados en un sofá viendo la tele. Al fin y al cabo, si los que estaban en el museo y creyeron que las gafas eran arte son unos memos, entonces ¿cómo debemos calificar a todos aquellos que pasan horas viendo por la tele a un grupo de semi-analfabetos barriobajeros chillándose en una tertulia del corazón o presenciando embelesados como un grupo de repugnantes pseudo-famosos se pelean entre sí mientras están presuntamente abandonados en una isla?

"Diego·. 81x65
La clave del asunto pues, radica en tratar de comprender a través de qué mecanismos toda esa gente que estaba en la galería y que presumiblemente deberían tener una cierta cultura y capacidad intelectual, interpretó que esas gafas en el suelo eran una obra de arte. Y la respuesta a esta cuestión es bien sencilla, aunque parezca una perogrullada: esa gente interpretó que las gafas eran una obra de arte, por el simple hecho de que estaban dentro de un museo de arte contemporáneo. Así de simple. Si hubieran visto esas mismas gafas en un banco del parque o al lado de una fuente, no habrían creído que fueran una obra de arte. Solo habrían visto un objeto. Al ver las gafas, esas personas han presupuesto que debían ser una obra de arte, porque su mente ha sido programada para presuponerlo así; en otras palabras: la programación mental recibida les ha llevado a crear una realidad artificial alrededor de cualquier objeto que esté en ese lugar concreto llamado “museo”, convirtiéndolo potencialmente en un elemento abstracto llamado “obra de arte”, aunque el objeto en cuestión sea una compresa pegada en una pared o unas gafas tiradas en el suelo.

"Rita II". 55x46
Como vemos pues, en su interpretación de lo que es “arte”, en ningún momento han obedecido a su sensibilidad individual, ni se han escuchado a sí mismos. Eso implica que en la interpretación de lo que es arte en la actualidad, ya no importa el criterio propio o la propia sensibilidad: solo importa la programación mental recibida. De hecho, el incidente de las gafas nos demuestra que hemos llegado a un punto tal, que el arte, no es arte por la obra en sí misma, ni por el efecto que provoca en quién la ve, sino por el edificio en la que está ubicada o por el envoltorio social o definitorio que la rodea.

"Josema y Judith". 81x65
Por lo tanto, la definición de “arte” ha cambiado. Hasta ahora, era la siguiente: Arte: Manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros. En cambio, ahora podríamos definirla como: Arte: todo aquello que la Autoridad Oficial correspondiente decida definir como “arte”. ¿Y qué es la “Autoridad Oficial correspondiente”? Pues bien, la “Autoridad Oficial” puede manifestarse de muchas formas, a veces combinadas; puede ser una autoridad política, policial, judicial, social, religiosa, moral, mediática, o en el caso que nos afecta, una “autoridad académica”. Una “Autoridad Académica”, conformada por unos presuntos “expertos en arte”, que en este caso definen que cualquier basura que puedas encontrar dentro de ese edificio llamado “museo de arte contemporáneo”, puede llegar a ser interpretada como “arte”. Y lo peor es que esa definición ya no tiene porqué circunscribirse al espacio de un museo. Si por la razón que sea, esa misma autoridad te indica en un momento determinado que un objeto o actividad cualquiera, situada en un entorno no museístico, también es “arte”, automáticamente deberás interpretar al objeto o actividad en cuestión como “obra de arte” o “actividad artística”.

"Raúl". 55x38
Por ejemplo, supongamos que un día vas por la calle y te cruzas con un grupo de imbéciles semidesnudos pintados de blanco, gestualizando teatralmente como gilipollas alrededor de un inodoro situado en medio de la acera; si existe una “autoridad académica” que decida certificar aquello como “acción artística”, el conjunto de memeces que esos idiotas realicen, recibirá el calificativo de “performance” y automáticamente será considerada “actividad artística”. Y lo será aunque los tipos en cuestión sean unos descerebrados con el mismo talento artístico que una ardilla. Sin embargo, si tú decides hacer algo similar en medio de la calle, sin el respaldo de una autoridad académica que te respalde mediante la definición correspondiente, probablemente serás considerado un loco o un payaso; aunque lo más posible es que tengas la suerte de que la gente que pase a tu alrededor piense: “mira, debe ser alguna actividad artística o teatral promovida por el ayuntamiento, como las estatuas humanas o los músicos del metro…vamos a tirarle una moneda”.

En definitiva, el suceso de las gafas en el museo de San Francisco, no es algo tan anecdótico como puede parecer a primera vista. Nos indica que estamos en un estado concreto en nuestra evolución psicosocial. Nos señala que nuestro criterio individual ha quedado completamente subyugado a una autoridad oficial externa, que es la que define todo aquello que debemos sentir o pensar a cada momento, sin que tan solo lleguemos a poner en duda si ello tiene o no tiene sentido.

"Isabella". 65x54
El arte, ya no es arte porque nos conmueva, porque nos invite a la reflexión o porque nos diga algo como individuos. Es arte porque nos dicen que lo es y porque nos dicen dónde se puede considerar como tal. Un montón de harapos tirados en la acera, son “basura” y el que los ha tirado ahí es un “guarro”. En cambio, si los mismos harapos están tirados en la sala de un museo, son “arte” y el que los ha puesto ahí, es un “artista” súper reflexivo. Se nos ha negado pues toda posibilidad de definición de nuestro entorno y de nuestro mundo a nivel individual. Y si vamos más allá, veremos que este mecanismo de rendición ante la autoridad oficial, es extrapolable a casi todas nuestras actividades sociales y que lleva ahí desde hace mucho tiempo.

"Clarisa". 55x46
De la misma forma que obedecemos a una “autoridad oficial” que nos indica que todo lo que encontremos dentro de un museo de arte contemporáneo es susceptible de ser considerado arte por el simple hecho de estar ahí, durante siglos ha existido un mecanismo análogo que ha llevado a las personas a creer que todo lo que dijera un sacerdote era moralmente bueno y tenía que ver con un ser superior llamado “Dios”.

"María". 55x46
El mismo tipo de mecanismo psicológico de sumisión que lleva a un grupo de personas a creer que unas gafas en el suelo pueden ser “arte”, es el que nos lleva a creer que aquello que nos diga un hombre uniformado debe ser obedecido porqué es “ley”, sin que nadie tenga derecho a ponerlo en duda; es el mismo tipo de mecanismo que nos dice que lo que haga la mayoría debe ser imitado porque es “moda” o “tendencia”; y es el mismo tipo de mecanismo que nos lleva a creer sumisamente que todo lo que nos diga un tipo con bata blanca y un diploma en la pared, ha de ser cierto e indiscutible por fuerza, porque nos han inculcado que él sabe cosas que nosotros no podemos entender y que jamás actuará movido por la ambición, el interés o el dinero, sino dirigido por la mano invisible de un ente maravilloso de fantasía, infalible e incorruptible, llamado “ciencia”. El mecanismo básico de obediencia y anulación del criterio propio es muy similar en todos estos casos. Simplemente, adquiere diversas formas. Así que, quizás sí, al final va a resultar que esas gafas en el suelo en el museo de arte de San Francisco, nos decían mucho más de lo que creíamos inicialmente. Quizás esas gafas no se limitaban a llamar “estúpidos” a todos los que pululaban por la galería, sino que estaban chillando un atronador “estúpidos” dirigido a todos los rincones de la sociedad y del planeta.

El problema es que con tanto ruido, poca gente ha logrado escuchar el mensaje…