viernes, 23 de septiembre de 2016

52. "Arte y entendidos".

"Clara". 116x89
El "saco del arte" es acogedor cuando se tiene la suerte de caer dentro, mullidito, de boca ancha, de fondo estrecho y tan profundo que puede tragarse cualquier cosa que esté en su radio de acción, incluso la perseguida luz, como si de un agujero negro se tratara. Es capaz de engullir todo tipo de entendidos en arte, tanto a los que se califican así ellos mismos como a los que son tildados de esa forma en cualquier medio de propagación, por otras personas, por la fortuna -en todas sus formas- o por cualquier otra circunstancia. Posiblemente dentro de ese recipiente pueden acomodarse muchos licenciados y críticos en arte, abundantes galeristas y jueces de certámenes de pintura y artistas o no; personas, no todas, que se permiten adjudicar aquel calificativo, no por su culpa seguramente. Éstos son capaces de divulgar y hacer valer sus verdades y sentencias absolutistas sobre las tendencias de la pintura en cuanto a calidad o creatividad, sobre la que debe transmitir emociones sinceras o no, sobre la que debe provocar rechazo o no, sobre la que extraña o la que debería hace sentir vergüenza ajena incluso. Evidentemente fuera de la atracción del saco que todo lo traga hay entendidos en arte que son capaces de evitar el susodicho radio de influencia, y deambulan por sus inmediaciones con el orgullo de ser capaces de resistirse a sus fuerzas, a mi entender claro, sin dejarse atraer hacia sus profundas simas en cuyo fondo se encuentra el terrible dragón del negocio.

Un profesor de arte al que sigo fielmente dijo: “la obra de arte que necesita una explicación, probablemente no es una obra de arte”. Efectivamente una obra de arte sola es capaz de hablar y de decir lo necesario -bien dice el refrán: "una imagen vale más que mil palabras"-, y ya transmite de primera mano lo que el artista quiso que transmitiera o lo que cada uno quiera entender que transmite, independientemente de que a cada observador le llegue de una forma u otra al intelecto, a su lado sensible, al alma o a donde sea. Por eso no es raro que nos den la matraca explicativa y farragosa  sobre una obra de arte que no lo es y nos dejen boquiabiertos y con tres palmos de narices... como para rebatir argumentos tan dispares, detallados, ilustrados y científicos. Y a ver quién es el guapo que se atreve a decir que no ha entendido "ni papa", corriendo el riesgo por ello de quedar como un inculto del arte. Aquel mismo profesor  también creía que una obra de arte no es capaz de realizarla cualquiera, cosa que si ocurre con el mal llamado arte moderno o contemporáneo; ya que como dice Avelina Lésper, se debe, si acaso, tildar como "estilo contemporáneo", y sigue diciendo que una obra artística debe y tiene que estar pensada y muy trabajada, y que no sirve una supuesta obra que no ha buscado la excelencia y la diferencia o creatividad real, no imaginada, y que en función de eso mismo se diferencia el artista de el pintor.

"Esther". 65x54
Si yo expusiera mis pinturas extravagantes en una sala de exposiciones y todo el mundo o la gran mayoría de la gente que entrara a verla no dedicara a contemplar cada obra un pequeño tiempo prudencial para disfrutarla o para admirarla, y contrariamente lo que hicieran es pasarse por delante sin prestarle atención, dedicando a ver toda la exposición menos tiempo que lo que tardaría en mirar asqueado el chicle que se te ha quedado pegado en un zapato, o viendo la exposición entera desde la puerta de la sala, pasando la mirada -“espeluztacular” que diría Burt Simpson-, breve y altanera del espanto. En tal caso mi frustración sería total, independientemente de que yo como autor estuviese muy valorado en todos los rincones artísticos del mundo y mis obras valieran cada una lo que vale un edificio de apartamentos en la Quinta Avenida. En ese momento me apenaría y no me quedaría otro remedio que darme cuenta que mis pinturas no interesan a nadie, salvo a ciertos entendidos en arte, los cuáles me van a dar una transcendencia en el tiempo bastante escasa, ya que quien realmente me la tendría que dar en tal caso, es el resto del mundo, que precisamente es el que me ignora. Seguramente en esa hipotética exposición extravagante vería gente que se reiría de los cuadros, gente que se quejaría del paseo que se han dado para nada, para perder el tiempo en algo muy publicitado, pomposo, difundido y presuntuoso y para ver a su artífice siendo agasajado por personajes hipócritas. Es algo parecido a cuando alguien te habla de un lugar donde se come de maravilla, con raciones generosas, sabores nuevos, con tantas condecoraciones en la solapa como las charreteras de un general héroe de guerra, con camareros son atentos y halagadores, situado en un lugar idílico con vistas a a lo que parece un precioso lago. Pero resulta que uno va y el restaurante está vacío, cosa que da mala espina, las vistas son a un pequeño embalse, el camarero es más borde que un caniche, la comida es congelada, sosa y para localizarla en el plato necesitas un microscopio de barrido, y para rematar la faena te dan tal estocada en la billetera que hasta ella se resistía para salir del bolsillo. Quizás si tal situación se produjera con mi exposición preferiría que fuera así a que se diera el caso contrario, esto es, mucha afluencia de público, todos entusiasmados con mis obras, felicitaciones, halagos y zalamerías múltiples, porque de la otra forma solamente parece que al fin y al cabo de lo que se trata es de hacer negocio, aunque sea a costa de no hacer arte, de especular con que lo que se va a comprar mañana valdrá un tanto por ciento más pasado mañana -que me perdone Mark Rothko y similares porque posiblemente ellos no tengan culpa de nada-. Entonces no puedo llamarme artista, seré en tal caso un negociante, tratante, buhonero o vendedor de arte para minorías adineradas. Aunque si me dieran a elegir... 

Yo prefiero alucinar con Johannes Vermeer antes que con Vasili Kandinski, prefiero buscar el alma a los cuadros de Antonio Montiel antes que a los de Antoni Tapies, prefiero a Hernán Cortés antes que a Miquel Barceló, la dulzura y el sfumato de Leonardo da Vinci antes que la crudeza Edvard Munch, a Velázquez antes que a Joan Miró, a Claude Monet antes que a Marcel Duchamp o la luz y naturalidad de Nikolay Suryguin, Arsen Kurbanov, Antonio López o Joaquín Sorolla antes que lo que yo creo que son salidas de tono de Damien Hirst o Gerhard Richter o Chris Ofili y sus cuadros con excrementos de elefante. A lo mejor soy "rarito" pero qué le vamos a hacer, me cuesta cambiar y mi opinión debe ser respetada como la de cualquier otro, como será respetable la de los que a mi me censuren. Y por tanto opino que un montón de arena con una pala clavada, una taza de váter, medio vaso de agua, un motor de lavadora viejo, unas bolas de papel de aluminio tiradas por el suelo o un hígado deshidratado en un plato, no pueden ser obras de arte, ni dicen o transmiten nada más que lo que son. Y si ser artista es ir a buscar todo eso a un vertedero, a un almacén o al frigorífico y colocarlo en un museo o sala de arte, me parece que en este mundo somos al menos 7.000 millones de artistas en potencia, y aumentando cada día.

"Henar". 81x65
Con todo ello quiero decir que el arte de fama en cuanto a crítica y opinión de algunos entendidos, va generalmente por un lado y la opinión de “la plebe desinformada” va por el lado opuesto hacia las playas tranquilas de la lógica y el buen gusto.

Yo, que he sido asiduo concursante certámenes de pintura, he visto cómo se premian, elogian y seleccionan pinturas que parece que las hubiera hecho un chimpancé esquizofrénico bipolar, en detrimento de verdaderas obras de arte que llevan decenas o cientos de horas de trabajo, obras que pocas personas en el mundo serían capaces de ejecutar tan rápido y tan bien, y obras a las que no dan valor por no sé qué razones que no son capaces de explicar ni los propios “entendidos en ese arte”. Y, o bien no son capaces de darse a entender o bien no quieren que se les entienda porque luego todo el mundo entendería y si todo el mundo entiende, puede que se acabe el chollo. Seguramente muchos no dicen lo que piensan porque no es “cool” o porque se les pueda apartar de grupos tan selectos. 

He asistido a concursos de pintura rápida, aunque en seca también sucede, en los que se tiene que plasmar obligatoriamente en unas horas tal o cual pueblo o ciudad y sus alrededores, y he asistido boquiabierto al ver cómo se premian obras abstractas, obras que al parecer solo unos pocos son capaces con sus superpoderes de distinguer el lugar que se ha de pintar; se supone que los artistas han ido a pintar lo que se ve, según suelen decir las bases del lugar del que trate el certamen y de forma realista, donde el parecido o exactitud sean unas de las mayores virtudes, digo yo... Pues no, premian como digo, un cuadro que bien pudiera ser cualquier cosa o cualquier lugar del sistema solar. Premian, a veces, obras realizadas en media hora, incluido el rato del bocadillo, en detrimento de verdaderas joyas llenas de luz, perspectiva, exactitud, esfuerzo y creatividad. No me extraña que muchos de esos certámenes estén perdiendo popularidad de año en año y se vean privados de grandes artistas que no ven recompensado su trabajo e ilusión, artistas -muchos de ellos acuden desde lugares muy lejanos y dispares-, porque la lógica ha abandonado el lugar dando paso al esperpento y a las injusticias.

Muchos entendidos en arte encuentran creatividad donde no la hay y le dan ese calificativo a tal o cual obra para encasillarla aquí o allá según convenga, según el estilo o yo qué sé. 

"Juan Carlos". 81x65
Si todos los entendidos en arte lo fueran realmente y se rigieran por verdaderas reglas, todos coincidirían en premiar a los mismos cuadros, sin embargo ni ellos mismo se ponen de acuerdo cuando se trata de un grupo juzgador. Curiosamente se recompensan diferentes obras cuando son distintos los grupos que juzgan, lo que me deja claro que la valoración objetiva de una obra de arte relacionada con reglas, no existe, que se trata de algo subjetivo ligado al criterio o gustos personales de cada juez, crítico, o lo que sea, según él crea; a lo mejor incluso, otro día con un humor o levante diferente hubiera elegido otras obras distintas. Estoy seguro que si en un certamen de pintura se dijera a distintos jueces que por separado dieran el premio a la obra que consideren, sin que los otros tuvieran constancia de la opinión de los demás, cada uno le daría el galardón a una diferente.

Hay algo curioso que ha calado profundo en la sociedad y que todo el mundo se repite ante una obra expuesta, pudiendo ser ésta de un gusto pésimo o un adefesio vergonzante, que aunque no le entre por el ojo al observador, éste se diga... "será que no entiendo", en vez de decir que no le agrada o que es un bodrio según su parecer, pese a quien pese. No a todo el mundo le gustan los mismos guisos que a otros, los mismos pisos o coches, vestidos o trajes, o el mismo color de uñas. y no por eso se dice que "será que no entiendo", decimos directamente que esto o aquello no me gusta, respetando normalmente que a otros sí pueda gustarle.

"Juani II". 65x50
No todo por el hecho de estar en una exposición o en un museo tiene que admitirse y tiene que ser una obra de arte, si está allí porque alguien pensó, acertadamente o no, que debería estar, nada más.

En la última exposición que hubo en el Museo del Prado de El Bosco, independientemente de la cantidad de gente que fue a verla, que fue muchísima, y otra tanta al menos que se quedó con las ganas de ir, daba gusto ver cómo el personal se agolpaba ante cada obra y se quedaba embobado durante minutos y minutos, algunos emocionados atacados por el síndrome de Stendhal y otros no tanto, pero todos admiraban tales genialidades. Mientras el museo estaba a reventar. Sin embargo he visto exposiciones de artistas contemporáneos renombrados, cuyas obras se valoran más que las de El Bosco, en las que si una mosca volaba hacía eco, y en las que se batían todos los records de permanencia escasa frente a cada obra. Si yo fuera ese artista, preferiría ser como El Bosco, sobre todo para no auto-engañarme.

"Pilar". 64x54
Concluyo con que creo que el arte del negocio va por un camino, y que el verdadero arte, el del pueblo llano, el que gusta a todo el mundo, va por otro, pero sin duda que el primer camino, además de estrecho y lleno de baches, morirá en algún precipicio, como parece que ya está ocurriendo, mientras que el segundo, además de ancho y con buen firme, acabará en una plaza repleta de gente en una ciudad monumental y soleada o en un paraje bonito.

A mí me daría pena ser artista reconocido sólo por el mercado y por ciertos entendidos en arte, aunque quizás pudiera aplicarme en un arrebato egoísta a mí mismo el dicho acertado de: “ande yo caliente, ríase la gente”. También me daría pena, y posiblemente algo de envidia ser o querer ser artista dedicado a lo que pudiera ser mi gran sueño, y que el reconocimiento sólo lo tenga del pueblo llano sin que eso se tradujera en modestos emolumentos. No sé.

El Cuento del traje nuevo del emperador:

Hace muchos años vivía un rey que era comedido en todo excepto en una cosa: se preocupaba mucho por su vestuario. Un día oyó a Guido y Luigi Farabutto decir que podrían fabricar la tela más suave y delicada que pudiera imaginar. Esta prenda, añadieron, tenía la especial capacidad de ser invisible para cualquier estúpido o o incapaz para su cargo. Por supuesto, no había prenda alguna sino que los pícaros hacían lucir que trabajaban en la ropa, pero estos se quedaban con los ricos materiales que solicitaban para tal fin.

Sintiéndose algo nervioso acerca de si el mismo sería capaz de ver la prensa o no, el emperador envió primero a dos de sus hombres de confianza a verlo. Evidentemente ninguno de los dos admitieron que eran incapaces de ver la prenda y comenzaron a alabar a la misma. Toda la ciudad había oído hablar del fabuloso traje y estaba deseando comprobar cuán estúpido era su vecino.

Los estafadores hicieron como que lo ayudaban a ponerse la inexistente prenda y el emperador salió con ella en un desfile, sin admitir que era demasiado inepto o estúpido como para poder verla.

Toda la gente del pueblo alabó enfáticamente el traje, temerosos de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo, hasta que un niño dijo: "¡Pero si va desnudo!"

La gente empezó  a cuchichear la frase hasta que toda la multitud gritó que el emperador iba desnudo. El emperador lo oyó y supo que tenían razón, pero levantó la cabeza y terminó el desfile.

Toda la gente del pueblo alabó enfáticamente el traje, temerosos de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo, hasta que un niño dijo: "¡Pero si va desnudo!"

La gente empezó a cuchichear la frase hasta que toda la multitud gritó que el emperador iba desnudo. El emperador lo oyó y supo que tenían razón, pero levantó la cabeza y terminó el desfile.

miércoles, 15 de junio de 2016

51. Retratos en venta

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miércoles, 25 de mayo de 2016

50. Novedades del Verano

"Jimena". 55x46
"EL DÍA QUE LA ESTUPIDEZ SE TORNÓ ARTE"

Publicado por GAZZETTA DEL APOCALIPSIS el 1 de junio de 2016.

En la sociedad actual la estupidez acaba rezumando por todos los poros y nada parece poder detenerla.

Estos últimos días, hemos visto una noticia que expone claramente el nivel de estulticia y superficialidad que tanto nos afecta. Así es como la exponían en RT: Un joven de 17 años ha colocado unas gafas en el suelo en el Museo de Arte Moderno de San Francisco (EE.UU.) para ver la reacción de otros visitantes, informa el portal BuzzFeed. Según el joven, unos segundos después de que las gafas fueran puestas numerosas personas empezaron a acercarse a la “pieza” para observarla y tomar fotos. Las imágenes del joven en las que se aprecia cómo los visitantes observan con detenimiento el objeto se han hecho virales en Internet y han sido compartidas más de 32.000 veces y cuenta con 36.000 me gusta en Twitter.

"Esther". 73x54
Como es de imaginar, el asunto ha levantado una oleada de críticas y comentarios afilados en las redes e incluso en algunos medios, la mayoría de las cuales se han centrado en criticar la estupidez que rodea al arte contemporáneo. Y aunque suscribimos muchas de esas opiniones, no dejan de ser una visión superficial del asunto. Y es que el quid de la cuestión no está en criticar aquello que la gente interpreta como “arte” en la actualidad. Ni tampoco se llega al fondo de la cuestión tildando de bobos a los que estaban en la galería e interpretaron erróneamente lo que significaban esas gafas. Probablemente, la mayoría de esa gente tenga un cierto nivel cultural y una cierta capacidad de análisis y raciocinio; al menos el suficiente como para estar en un museo y no sentados en un sofá viendo la tele. Al fin y al cabo, si los que estaban en el museo y creyeron que las gafas eran arte son unos memos, entonces ¿cómo debemos calificar a todos aquellos que pasan horas viendo por la tele a un grupo de semi-analfabetos barriobajeros chillándose en una tertulia del corazón o presenciando embelesados como un grupo de repugnantes pseudo-famosos se pelean entre sí mientras están presuntamente abandonados en una isla?

"Diego·. 81x65
La clave del asunto pues, radica en tratar de comprender a través de qué mecanismos toda esa gente que estaba en la galería y que presumiblemente deberían tener una cierta cultura y capacidad intelectual, interpretó que esas gafas en el suelo eran una obra de arte. Y la respuesta a esta cuestión es bien sencilla, aunque parezca una perogrullada: esa gente interpretó que las gafas eran una obra de arte, por el simple hecho de que estaban dentro de un museo de arte contemporáneo. Así de simple. Si hubieran visto esas mismas gafas en un banco del parque o al lado de una fuente, no habrían creído que fueran una obra de arte. Solo habrían visto un objeto. Al ver las gafas, esas personas han presupuesto que debían ser una obra de arte, porque su mente ha sido programada para presuponerlo así; en otras palabras: la programación mental recibida les ha llevado a crear una realidad artificial alrededor de cualquier objeto que esté en ese lugar concreto llamado “museo”, convirtiéndolo potencialmente en un elemento abstracto llamado “obra de arte”, aunque el objeto en cuestión sea una compresa pegada en una pared o unas gafas tiradas en el suelo.

"Rita II". 55x46
Como vemos pues, en su interpretación de lo que es “arte”, en ningún momento han obedecido a su sensibilidad individual, ni se han escuchado a sí mismos. Eso implica que en la interpretación de lo que es arte en la actualidad, ya no importa el criterio propio o la propia sensibilidad: solo importa la programación mental recibida. De hecho, el incidente de las gafas nos demuestra que hemos llegado a un punto tal, que el arte, no es arte por la obra en sí misma, ni por el efecto que provoca en quién la ve, sino por el edificio en la que está ubicada o por el envoltorio social o definitorio que la rodea.

"Josema y Judith". 81x65
Por lo tanto, la definición de “arte” ha cambiado. Hasta ahora, era la siguiente: Arte: Manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros. En cambio, ahora podríamos definirla como: Arte: todo aquello que la Autoridad Oficial correspondiente decida definir como “arte”. ¿Y qué es la “Autoridad Oficial correspondiente”? Pues bien, la “Autoridad Oficial” puede manifestarse de muchas formas, a veces combinadas; puede ser una autoridad política, policial, judicial, social, religiosa, moral, mediática, o en el caso que nos afecta, una “autoridad académica”. Una “Autoridad Académica”, conformada por unos presuntos “expertos en arte”, que en este caso definen que cualquier basura que puedas encontrar dentro de ese edificio llamado “museo de arte contemporáneo”, puede llegar a ser interpretada como “arte”. Y lo peor es que esa definición ya no tiene porqué circunscribirse al espacio de un museo. Si por la razón que sea, esa misma autoridad te indica en un momento determinado que un objeto o actividad cualquiera, situada en un entorno no museístico, también es “arte”, automáticamente deberás interpretar al objeto o actividad en cuestión como “obra de arte” o “actividad artística”.

"Raúl". 55x38
Por ejemplo, supongamos que un día vas por la calle y te cruzas con un grupo de imbéciles semidesnudos pintados de blanco, gestualizando teatralmente como gilipollas alrededor de un inodoro situado en medio de la acera; si existe una “autoridad académica” que decida certificar aquello como “acción artística”, el conjunto de memeces que esos idiotas realicen, recibirá el calificativo de “performance” y automáticamente será considerada “actividad artística”. Y lo será aunque los tipos en cuestión sean unos descerebrados con el mismo talento artístico que una ardilla. Sin embargo, si tú decides hacer algo similar en medio de la calle, sin el respaldo de una autoridad académica que te respalde mediante la definición correspondiente, probablemente serás considerado un loco o un payaso; aunque lo más posible es que tengas la suerte de que la gente que pase a tu alrededor piense: “mira, debe ser alguna actividad artística o teatral promovida por el ayuntamiento, como las estatuas humanas o los músicos del metro…vamos a tirarle una moneda”.

En definitiva, el suceso de las gafas en el museo de San Francisco, no es algo tan anecdótico como puede parecer a primera vista. Nos indica que estamos en un estado concreto en nuestra evolución psicosocial. Nos señala que nuestro criterio individual ha quedado completamente subyugado a una autoridad oficial externa, que es la que define todo aquello que debemos sentir o pensar a cada momento, sin que tan solo lleguemos a poner en duda si ello tiene o no tiene sentido.

"Isabella". 65x54
El arte, ya no es arte porque nos conmueva, porque nos invite a la reflexión o porque nos diga algo como individuos. Es arte porque nos dicen que lo es y porque nos dicen dónde se puede considerar como tal. Un montón de harapos tirados en la acera, son “basura” y el que los ha tirado ahí es un “guarro”. En cambio, si los mismos harapos están tirados en la sala de un museo, son “arte” y el que los ha puesto ahí, es un “artista” súper reflexivo. Se nos ha negado pues toda posibilidad de definición de nuestro entorno y de nuestro mundo a nivel individual. Y si vamos más allá, veremos que este mecanismo de rendición ante la autoridad oficial, es extrapolable a casi todas nuestras actividades sociales y que lleva ahí desde hace mucho tiempo.

"Clarisa". 55x46
De la misma forma que obedecemos a una “autoridad oficial” que nos indica que todo lo que encontremos dentro de un museo de arte contemporáneo es susceptible de ser considerado arte por el simple hecho de estar ahí, durante siglos ha existido un mecanismo análogo que ha llevado a las personas a creer que todo lo que dijera un sacerdote era moralmente bueno y tenía que ver con un ser superior llamado “Dios”.

"María". 55x46
El mismo tipo de mecanismo psicológico de sumisión que lleva a un grupo de personas a creer que unas gafas en el suelo pueden ser “arte”, es el que nos lleva a creer que aquello que nos diga un hombre uniformado debe ser obedecido porqué es “ley”, sin que nadie tenga derecho a ponerlo en duda; es el mismo tipo de mecanismo que nos dice que lo que haga la mayoría debe ser imitado porque es “moda” o “tendencia”; y es el mismo tipo de mecanismo que nos lleva a creer sumisamente que todo lo que nos diga un tipo con bata blanca y un diploma en la pared, ha de ser cierto e indiscutible por fuerza, porque nos han inculcado que él sabe cosas que nosotros no podemos entender y que jamás actuará movido por la ambición, el interés o el dinero, sino dirigido por la mano invisible de un ente maravilloso de fantasía, infalible e incorruptible, llamado “ciencia”. El mecanismo básico de obediencia y anulación del criterio propio es muy similar en todos estos casos. Simplemente, adquiere diversas formas. Así que, quizás sí, al final va a resultar que esas gafas en el suelo en el museo de arte de San Francisco, nos decían mucho más de lo que creíamos inicialmente. Quizás esas gafas no se limitaban a llamar “estúpidos” a todos los que pululaban por la galería, sino que estaban chillando un atronador “estúpidos” dirigido a todos los rincones de la sociedad y del planeta.

El problema es que con tanto ruido, poca gente ha logrado escuchar el mensaje…


jueves, 12 de mayo de 2016

49. Caricaturas


Con Jero Hernández. Universidad de Salamanca
"Jero Hernández". 55x46



"Manuel Heras". 55x46

Con Manuel Heras. Universidad de Salamanca


Con Pedro Díaz. Pte de La Gaceta de Salamanca


"Pedro Díaz". 55x46
"Manolo" 46x38
"Ismael". 46x38
"Alfonso Fdez. Mañueco" 55x46


Con D. Alfonso Fdez. Mañueco.
Alcalde de Salamanca

"Maite y Mundi". 65x54



"Paco Blanco". 46x38
Pte. Asoc. Amigos de Unamuno

"Miguel de Unamuno". 55x46
"Francisco Morán", 46x38


"Javier Iglesias" 55x46
Pte. Diputación Salamanca

viernes, 1 de abril de 2016

48. Marzo

"Paco y Mª Cruz". 65x54
Por fin llegó marzo con su equinoccio, con su cambio de hora y su primavera incluidos, con sus días más largos, sus cambios de luz, con su tiempo alocado y sus perspectivas de que mejore; cosas que hacen que el arte de pintar sea más agradable, más aprovechable y más productivo. Cosas que curan las astenias otoñales e invernales.

Parece que por fin las musas de los colores también se despiertan en marzo y deciden acercarse a los artistas para hacerles una visita con el fin de incitarles a que animen sus obras para pintar los horizontes que ahora parecen más lejanos, menos difusos, horizontes donde las puestas de sol y los amaneceres posan durante más tiempo. La vida de los colores tímidos resurge por todas partes y llena el ambiente de expectativas, como si Dios hubiera ordenado que dejaran el miedo a un lado y se "echaran al monte". Marzo se llena de vida que se empeña en engendrar más vida, lo que me recuerda lo dicho por el John Hammond en la película Parque Jurásico I ante unos huevos de dinosaurio eclosionados: "La vida se abre camino".

"Miguel A´ngel y Toni". 55x46
Marzo terminó con el que parecía otro largo invierno cuando comenzó, invierno que como todos los que pasé me entristece un poco y me dio la sensación, como era habitual, que se me haría eterno, porque la tercera estación ya estaba dándome pistas de lo que estaba por llegar y que Joaquín Sabina ya dijo en una de sus canciones: "...el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno". Está demostrado que con los años cada vez la cuarta estación se hace más efímera, lo que me hace dudar en estos momentos de si eso es bueno o no.

En marzo ya no necesitaré tantas capas de ropa que, como si fueran una camisa de fuerza, me van inmovilizando a medida que me las voy colocando encima para evitar el frío de meses pasados, tampoco necesitaré esos guantes azul oscuro de lana, sin dedos para facilitar el uso de los pinceles, porque mi mujer los cortó para que no se me adormilaran las manos en mi fría buhardilla. Ya no tendré que destinar parte de las mañanas a pintar porque la penumbrosa luz de la tarde no da para nada. Ya no necesitaré durante una temporada esos estúpidos focos ni esas bombillas que distorsionan los colores, aunque sean led de luz blanca, colores que al día siguiente tengo casi siempre que modificar porque no eran los que tenía en mente aplicar.

"Autorretrato". 73x60
Con marzo llegan las ganas de hacer más cosas, llegan los sueños que se van a cumplir subidos en la grupa de la obsesión por pintar, porque los días llenos de horas de luz y el acortamiento nocturno traerán más tiempo. Con marzo llegan los retratos con flores o con vestidos vistosos, llegan las salidas al campo para plasmar la luz de la primavera y llegan los concursos de pintura al aire libre convocados en infinidad de pueblos y ciudades de España. Alguno de ellos, entre los que estén más cerca, me verá por sus calles.

Con marzo se ha acercado el color rojo a los fondos de mis retratos como si el sol lo hubiera traído; también me trajo las ganas de pintar mi primer autorretrato y el retrato de mi simpática y guapa hermana, "enfondado", si se me permite la expresión, en su color preferido, que no podría ser otro más que el rojo. De paso marzo vino con encargos que me hacen mucha ilusión pintar, alguno no poco original como la reproducción de la portada de la revista "La Revista", valga la redundancia, de El Mundo, que en abril de 1.997 plasmó la historia amorosa y homosexual de Miguel Angel Fernández y Toni Poveda, hoy famosos dirigentes del PSOE madrileño. Dicho encargo fue uno de los regalos que se hicieron unos familiares a los mencionados enamorados en la celebración de sus veinticinco años de relaciones y diez de casados.
"Olga". 55x46

Este marzo me trajo la exposición más importante que hasta ahora he hecho, en un lugar tan privilegiado e inigualable como es la Universidad, dentro del claustro del Patio de Escuelas y en la sala llamada del Cielo de Salamanca, a escasos metros de la estatua de Fray Luis de León y de la famosa fachada que lo observa, con la rana que todo el mundo busca en su calavera encaramada, obra maestra indiscutible del Plateresco Español. No creo que haya en toda la ciudad sitio más bonito donde un artista pueda exponer. Este lugar rezuma historia por todos los poros de su dorada piedra; piedra sedimentaria que ha visto pasar tantos alumnos, turistas y personas ilustres como los granos de antiguas arenas la componen, piedra oxidada que suda sabiduría y pasado glorioso. 



No sé si fue la influencia del lugar o la gente que lo hizo posible, a los que siempre estará agradecido, fue lo que invocó a todos los medios de comunicación escritos y audiovisuales; no sé si esa fue la causa que desencadenó tal río de visitas que jamás hubiera imaginado que pasarían ante mis cuadros; no sé si todo eso fue lo que me sorprendió con una cantidad tan grande de elogios que me cuesta tanto asumir; tampoco sé si eso fue lo que hizo que multitud de vecinos y conocidos se sorprendieran porque ignoraban que pudiera dedicarme también a la pintura. Lo que sí sé es que esta exposición ya ha marcado un antes y un después en mi trayectoria artística y personal.

Todos los meses de marzo me gustan, pero este ha sido especial.

lunes, 21 de marzo de 2016

47. Televisión Castilla y León


http://www.rtvcyl.es/Salamanca/893b4980498d7f31df27

Es una de las artes figurativas más complejas en pintura. El retrato requiere no solo maestría técnica sino capacidad psicológica para entrar en los personajes. Salamanca tiene la suerte de contar con un magnífico retratista, José Avelino Álvarez. Algunas de sus mejores piezas pueden visitarse estos días en la Sala del Cielo de Salamanca en el Patio de Escuelas.